"Hermano Mallku": El legado de un rebelde con causa

Felipe QEPD

EL CONDOR PARA UN CONDOR

Jorge Patiño Sarcinelli

Ha muerto Felipe Quispe, el Mallku. No han faltado los comentarios sobre su figura histórica y el significado de su accidentada vida política; la mayoría enalteciendo sus logros y virtudes y dejando para futuras ocasiones el análisis de sus errores y defectos. La historia dirá que hay de condenable, perdonable y elogiable en esa vida que acaba de terminar.

Ha dejado de existir un hombre. Es un momento siempre solemne; el de la despedida final y a los muertos les debemos el respeto de la serenidad y la austeridad en los juicios. Es el momento de despedir a un hombre que luchó por cambiar nuestro país “para que su hija no fuese sirvienta de nadie”; la de él ni la de ningún boliviano.

Estas palabras del Mallku han hecho historia y si tuviésemos que elegir las grandes frases de nuestro pasado, la de él sería sin duda una de ellas, junto a “Que se rinda su abuela, carajo”, “El país se nos muere”, “La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar” y otras que perduran en la memoria colectiva.

Entre estas, la más poderosa y la más significativa es la del Mallku porque captura un ideal; una reivindicación de cambio social para mejor. Una aspiración concreta en lo que demanda y abstracta en su ambición transformadora. No hay ahí desazón ni esperanza paciente, sino amargura rebelde.

No es una frase bonita ni altisonante como las otras, y no ha sido pronunciada para que lo fuese. Es una frase desgarradora que duele porque nos recuerda una deuda secular, y ha sido dicha justamente para que incomode, que duela, con bronca, con esa que viene de la indignación profunda, con la convicción de quien siente el derecho a una reivindicación; no en el calor fácil de un momento o de un discurso, sino como el sentimiento de generaciones oprimidas y humilladas que no quieren darse por vencidas, como diría Silvia Rivera. Los que no lo hemos sufrido, no podemos decir que la comprendamos en toda su dimensión, pero si eres boliviano sabes que ahí sangra una herida nacional.

¿Quién podría elogiar o aprobar todas las acciones y palabras del Mallku? Sin embargo, el que quiera juzgarlo en su justa perspectiva debe ponerlo, no en la categoría de los hablistanes, oportunistas de última hora ni políticos de carrera, sino en la de los luchadores dedicados a la causa de construir un país más inclusivo. Se equivocó seguramente en palabra y obra muchas veces; luchó mucho, acertó poco, logró poco. ¿Quién tira la primera piedra?

Es muy posible que si él hubiese llegado a encumbrarse en el poder, este hubiese hecho en él los mismos estragos morales que hemos visto en otros. Pero eso es solo una hipótesis y no se juzga a nadie sobre ellas. Al momento de partir seguía siendo él mismo, duro, incansable, radical, y en un mundo populista la autenticidad vale oro, aunque esté adornada de equivocaciones.

Han propuesto que se otorgue al Mallku el Cóndor de los Andes. Si vemos la lista de los galardonados, a Domitila Chungara y a Ernesto Cavour les vendría bien la nueva compañía, pero me pregunto si Felipe Quispe hubiese querido recibir un tan desgastado y republicano galardón y verse al lado de Teodoro Obiang y Nicolás Maduro, nada menos.

Si queremos homenajear al Mallku, mantengamos su memoria haciendo que su nombre viva donde es más cálido el recuerdo; en boca de todos. Propongo que se nombre la autopista de El Alto, avenida Mallku Quispe. Es ya hora de borrarle su pasado banzerista. Con el tiempo, olvidaremos el sobreprecio y aprenderemos a usar el nuevo nombre.

El Mallku no ha visto realizado su ideal, pero no podemos decir que haya fracasado. Seguimos fracasando todos. Las luchas grandes como la que encierra la reivindicación de su famosa frase son de generaciones, pero, para usar la palabra consagrada, esa tea sigue encendida, y de tumbo en tumbo, como hacemos todo, un día llegaremos ahí.

El Mallku ha atizado el fuego que no nos permite olvidar la necesidad de un cambio para mejor y nada más eso lo hace merecedor de un lugar en la memoria nacional. Paz en su tumba, dignidad en su memoria.

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.


Videos históricos y de análisis:

mallku joven Entierro de Felipe Quispe. Recibimiento en Achacachi (21 de enero de 2021 - 28 min.)

El legado del "Mallku", Felipe Quispe  (Bolivianos desde el exterior, 21 de enero 2021 - 1 hr. 40 min.)

Trayectoria Política de Felipe Quispe, dirigente, indianista, guerrillero y político (TV TK, Año 2014 - 1hr. 50 min.)

Entrevista a Felipe Quispe por Carlos de Mesa     (Año 2000 - 1 hora)


 EL VUELO AL ALAXPACHA DE FELIPE QUISPE, EL MALLKU DE LOS ANDES

Por José Luis Saavedra*

Se me ha pedido que escriba una reseña acerca de la vida y obra de Felipe Quispe y la verdad que es una tarea muy difícil, no sólo porque su vida ha sido extraordinariamente rica y compleja, tanto que es muy dificultoso resumirla en una página o incluso en un libro, sino también porque su muerte me afecta muy personalmente, yo he tenido el gusto y el privilegio de acompañarle en muchas de sus actividades tanto teóricas como políticas.    

mallkuPero, hay que hacerlo y, aún con lágrimas en los ojos, hay que escribir. Aquí van pues algunas referencias básicas, emergentes más del sentimiento que del pensamiento, acerca de la valiosa, valiente y entrañable vida de Felipe Quispe; cuyas opciones de vida, desde su más temprana juventud, siempre han sido radicales y es esta radicalidad la que va a determinar íntegra e integralmente el conjunto de su obra sindical, política e intelectual.  

Por dónde empezamos, por el inicio, Felipe nace en Ajllata, provincia Omasuyos, allá por la década del 40. Su infancia y parte de su adolescencia transcurren en el intenso acontecer de las vigorosas luchas de las comunidades y ayllus circunlacustres por la recuperación de las tierras comunales colonial y violentamente usurpadas por el latifundismo gamonal. Este contexto de lucha e insurgencia campesina aymara, cuyo núcleo común es Achacachi, marcará a fuego el ajayu de rebeldía y rebelión de la vida de Felipe Quispe.    

Un hecho, aparentemente casual, va a marcar la opción de vida de Felipe Quispe, se trata -como en toda vida de joven campesino- de la experiencia de cuartel, donde intentaron, infructuosamente, adoctrinarle en y con una enseñanza y (más propiamente) instrucción anticomunista. Esta discursividad llamó la atención de Felipe y, por su cuenta, empezó a buscar y leer literatura marxista y descubrió que, muy al contrario de lo que se pregonaba en el cuartel, el marxismo propugna la emancipación y liberación de los explotados y oprimidos.

En este proceso de maduración política, hacia finales de la década de los ’60, Felipe Quispe se contacta con los miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y se torna en un militante de base de esta organización armada. Es aquí, en este contexto de preparación de la insurrección armada, muy poco después desarticulada, que Felipe Quispe va a asumir las convicciones más profundas y radicales de toda su vida sindical, política e intelectual, en el sentido que la lucha armada es la vía correcta de emancipación y liberación de los pobres.

Durante la década de los ’70 el conjunto del país vive, sufre y resiste la dictadura fascista del coronel Banzer y dadas las enormes dificultades para el trabajo sindical y político en el altiplano aymara, Felipe Quispe opta por ir a trabajar en los cañaverales de Santa Cruz. Es ahí donde va a tomar conciencia profunda acerca de las terribles condiciones de vida, de trabajo y de explotación de los obreros de la zafra y la necesidad histórica de transformar radical y violentamente tales condiciones de inhumanidad y deshumanización.

Hacia finales de la década del ‘70, durante los breves interregnos democráticos del ’77 y ’78, Felipe Quispe va a asistir a la fundación de los partidos indianistas y se va a convertir en un importante y fiel militante de los mismos. Aunque, también muy tempranamente, se va a dar cuenta de las enormes limitaciones políticas e ideológicas de las agrupaciones indianistas, sobre todo va a renegar y aborrecer el burocratismo y diletantismo de los dirigentes indianistas.                                                   

El golpe del ’80 va a determinar el exilio de Felipe Quispe, quien va a asumir esa circunstancia y vicisitud de la vida para visitar y conocer a los países centroamericanos, sobre todos a los que estaban en procesos de insurrección, como El Salvador y Guatemala, y donde se va integrar y va a participar activamente en las luchas guerrilleras. Una vez más, aquí va a fortalecer sus más nobles convicciones en torno a la histórica necesidad y -más aún- viabilidad de la lucha armada.

Felipe Quispe retorna a Bolivia, ya en el proceso de reapertura democrática, inmediatamente se integra en las organizaciones sindicales campesinas, comprueba que los indianismos se han trizado, y muy esforzadamente empieza a construir y a organizar formaciones y organismos político militares capaces de sustentar y desarrollar el proceso de lucha e insurrección armada. Aquí, en este contexto, la función de Felipe Quispe no es sólo el de un organizador sino también el de un verdadero educador político (en el sentido fanoniano).

Es así que nace, en el seno de las organizaciones sindicales, allá por el ‘86, la ORAT, es decir la Ofensiva Roja de los Ayllus Tupa-kataristas, que poco tiempo después, deviene en el EGTK, es decir Ejército Guerrillero Tupak Katari, cuyas acciones no pasan de la fase meramente preparatoria; de hecho, no llegan a desarrollar ninguna acción armada. Cuál es la razón, es muy simple, que los hermanos García Linera, Raúl y Álvaro, son detenidos el mes de abril del ’92 y delatan, cobardemente, toda la estructura del EGTK y provocan la desarticulación del mismo, incluida la captura de Felipe Quispe en agosto del ‘92. (ver referencia en Nota 1)

Desde el ’92 al ’97 Felipe Quispe va a estar en la cárcel acusado de alzamiento armado y va a asumir la cárcel como otra trinchera de lucha, tanto es así que va a empezar a formarse académicamente hasta lograr su profesionalización como historiador, sin dejar de tener contactos con la dirigencia campesina y por tanto de continuar alentando la organización y rearticulación de las luchas campesinas, en el devenir del quinto centenario de la resistencia anticolonial, ya no sólo por la tierra sino también por el territorio y el poder.  

Finalmente, por hoy terminamos aquí, el año ’98, el 28 de noviembre, en el contexto del congreso campesino, Felipe Quispe es elegido Secretario Ejecutivo de la CSUTCB e inmediatamente se va a dedicar a reestructurar las organizaciones sindicales campesinas, muy debilitadas por las dirigencias prebendalizadas por el neoliberalismo. Inicialmente Felipe Quispe va a dirigir sus esfuerzos a la consecución de las principales reivindicaciones campesinas y, muy rápidamente, a la derrota de los gobiernos y regímenes neoliberales.

No hay tiempo para el relato de la grandiosidad política e histórica de la rebelión aymara contemporánea, que se suscitó entre el 2000 y el 2005, tumbando a cinco presidentes neoliberales y contribuyendo decisivamente a la derrota del sistema neoliberal y al ascenso del MAS al poder. Más allá de los tradicionales relatos de la importancia de la guerra del agua y/o del gas, aquí lo decisivo ha sido la rebelión aymara comandada por el Felipe Quispe, el Mallku.    

Cuál es la principal enseñanza del conjunto victorioso de las luchas antineoliberales, son muchas, pero creo que la principal lección teórica y política, y lo decía el propio Felipe Quispe, es la inviabilidad del foco guerrillero, al estilo guevarista, y por tanto la posibilidad, empíricamente demostrada, de la rebelión e insurrección del pueblo aymara quechua, cuyas banderas de lucha no sólo estaban centradas en las reivindicaciones socioeconómicas sino que apuntaban a la derrota del Estado moderno colonial y a la consiguiente reconstitución político territorial del Tawantinsuyu.

En fin, como hemos podido ver muy rápida y casi telegráficamente, la vida y obra de Felipe Quispe (la obra teórica e intelectual nos la reservamos para una próxima ocasión) ha sido de una coherencia realmente extraordinaria y por tanto de compromiso vital con la sagrada causa de las históricas luchas del pueblo aymara por la emancipación, liberación y descolonización y de su más importante líder: Tupak Katari, cuyas estrategias de lucha y combate, como y sobre todo el cerco, han sido los factores decisivos de los triunfos y las victorias de la rebelión aymara contemporánea. 

Es pues la memoria viva de estas luchas y compromisos vitales con la sagrada causa de la emancipación y liberación de los pueblos, en un perspectiva radicalmente anticolonial, anticapitalista y antimperialista, lo que constituye el principal legado de Felipe Quispe para las actuales y futuras generaciones, no sólo para los aymaras y quechuas, sino para el conjunto de la sociedad boliviana y latinoamericana.     

  

Nota 1: “A lo así —declara Felipe Quispe— caen también ellos (los hermanos García), primero caen Raúl García y su mujer (abril del ’92), entonces comienzan a hablar todo, ahí cae toda la gente, algunos se escapan (…). Entonces, ellos son los que nos han destruido, porque han hablado todo, han entregado dinero, inclusive han sacado de la casa que ya estaba planchada, estuqueada, todo, de ahí han sacado, porque ¿acaso la policía es adivina para saber dónde hay plata?, no pues, es cobardía no más”.
(“Entrevista a Felipe Quispe Huanca: Las raíces del militantismo indianista del Mallku”, José Luis Saavedra, publicado en: http://www.periodicopukara.com/archivos/pukara-129.pdf ).

¡Jallalla Felipe Quispe! 
*José Luis Saavedra es miembro de Somos Sur

Vea también una entrevista con José Luis Saavedra en TVU, con Silvano Biondi: "El legado de Felipe Quispe Huanca, EL MALLKU".


HERMANO MALLKU

Por: Moses Torres Veizaga*

mallku2El año 1998 el hermano Felipe Quispe, “El Mallku”, fue elegido como ejecutivo de la CSUTCB. Al día siguiente de ese suceso manifestó púbicamente: “Hay dos Bolivias, un presidente con botas, Hugo Banzer, y el otro presidente, con poncho y abarcas, El Mallku”, había asumido la dirección de la máxima organización de las nacionalidades aymará, quechua y la de tierras bajas de Bolivia.


El año 2000, en Cochabamba, mientras nos habíamos alzado en una gran rebelión contra la transnacional “Bechtel – Aguas del Tunari”, la cual pretendía sumar sus ganancias a costa de la sed y ajuste de los cinturones del pueblo, “El Mallku” desde La Paz, desde las tierras altas, alzó su voz, amenazó para apoyar desde el altiplano y el levantamiento que había sido brutalmente contenido por las Fuerzas Armadas y la Policía: las calles y paredes son testigos mudos de las balas disparadas y de la sangre derramada en las jornada de la “Guerra del Agua”.

El método de lucha, que promovió desde el altiplano paceño, fue el bloqueo campesino de caminos. En cada conflicto señalaba que se debía asumir el “Plan Hormiga o el Plan Pulga”, doblegando con ello a cada gobierno de turno, doblegando con ello cada medida anti-popular.

El año 2003, cuando un “Impuestazo” pretendía ser impuesto y el saqueo de nuestras riquezas hidrocarburíferas pretendía ser profundizado, asumió, organizó y estuvo en primera línea en aquello que el pueblo escribió en la historia como la “Guerra del Gas”. De su boca salieron una y otra vez la frase, “El Alto de pie, nunca de rodillas”, lográndose con ello en una lucha nacional, no sólo la destitución y expulsión de Gonzalo Sánchez de Lozada, sino el llamado octubre negro, con el objetivo de cierre de un ciclo negro para los trabajadores del país, el ciclo neoliberal.


Fundó su propio partido, el MIP y fue electo diputado. Renuncia a su curul con la siguiente afirmación: “Yo he visto que el Parlamento produce leyes a favor de los ricos y no faltan diputados que defienden a las empresas transnacionales; el Parlamento es no más de los ricos y es como un estado mayor en la puerta en la que uno tiene que desvestirse, es humillante. Los diputados no quieren rebajar a su dieta parlamentaria, ellos mantienen a fuerza. No puedo estar comprometido con un Congreso que actúa en forma arbitraria y a espaldas del pueblo boliviano oprimido». Cuán vigente es hoy en día esta afirmación.


Jamás se olvidará frases como: “No es justo que los hermanos campesinos indígenas originarios dueños de la tierra y territorio vivan en extremo minifundio y los grandes empresario nacionales y extranjeros vivan en grandes latifundios, no es justo que unos estén comiendo las migajas y otros comiendo la torta” ó, “No es justo que los niños en Bolivia estén escogiendo comida en los basureros municipales y los hijos de los inquilinos, los llegados de otros países y recibidos por los gobiernos dictatoriales, estén desayunando en Santa Cruz, almorzando en Sao Paulo Brasil y cenando en Washington Estados Unidos”. Esta discurso y manifiesto ideológico siempre hemos coincidido principalmente con dirigentes y los líderes del Movimiento Sin Tierra- MST.

En nuestro encuentro social en Cochabamba 2019 nos pediste iniciar con actividades, señalaste que lo central en este momento es capacitar a la juventud de las naciones originarias, que nuestra tarea principal de los antiguos líderes es transmitir las experiencias y conocimientos de las luchas del movimiento campesino a las nuevas generaciones.

Hoy son otros tiempos y los hechos históricos de Bolivia tomara otras riendas, la amenaza mundial de la pandemia es un reto fatal.

Un comunicado del hermano Mallku a principios de este año nos alertó que se tenía previsto iniciar esta tarea de formación después del mes de Marzo de 2021, el último mensaje para la juventud quechua fue: “Esperen con mucha valentía y voluntad los proceso de capacitación, porque luego serán procesos de lucha por una nueva Bolivia”

Pues el pueblo boliviano y el pueblo paceño sabe que concluye los últimos días de su paso por la vida política, declarándose candidato a la gobernación del departamento de La Paz y seguro ganador.

En la historia boliviana será reconocido como un gran dirigente y líder indiscutibe, su liderazgo será asumido como un aporte trascendente a toda la historia de la CSUTCB, vivirá por siempre en la larga memoria de las naciones originarias, quechua y aymará y de las tierras bajas de Bolivia.

Finalmente A LA FAMILIA DOLIENTE, desde la nación Quechua y desde la Llajta, nuestros más SINCEROS SENTIMIENTOS DE PESAME y fuerza para superar este momento de llanto y doloroso.

Hermano Mallku, QEPD, y nos has heredado tu sabiduría y tu práctica, la cual será difundida y también practicada en las próximas luchas y quedarán grabadas para el accionar de las generaciones futuras. Paz en su tumba.

*Moises Torres Veizaga es exdirigente campesino de la CSUTCB

 


 Lo que el Mallku no fue

 Rafael Archondo Q.
Publicado en Los Tiempos,  05/02/2021

mallku mitosA veces, la definición primordial de una vida ya extinguida viene mejor de la mano de la pulverización de las falacias que circulan en uso y abuso de la memoria del difunto. En el caso de Felipe Quispe Huanca (1942-2021) la cosecha de contra-versiones es generosa. El Mallku es el líder político menos estudiado, pero, al mismo tiempo, uno de los más denostados o ensalzados de los últimos días. Todos los que le temieron acaban de llenarlo superficialmente de flores, y los que lo utilizaron encendieron velas ardientes de hipocresía. Más nos vale sumergirnos en sus ideas, así sea solo para permanecer fieles a su identidad y a su recuerdo.

"Fue racista". Eso es todo lo que a veces decimos o quizás repetimos en automático. Recitamos esa etiqueta quienes miramos al Mallku del otro lado de los bloqueos. No quería que su hija fuera nuestra sirvienta y entonces, “oh, qué racista; solo que al revés”. El discriminado ha decidido discriminarnos y volcar la tortilla. Qué bien. Aquel considerado inferior se yergue en la dirección opuesta.

Pasó con el Movimiento Indio Tupaj Katari (Mitka) a finales de los 70 y principios de los 80, y siguió pasando con Quispe, uno de sus fundadores, en el umbral del siglo. El sistema, racista ese sí hasta la médula, les dice racistas a sus víctimas ancestrales. Esta es la definición más pobre, pero también la más usada. En los hechos, el racismo antiblanco de Felipe Quispe es el modo visceral y expedito de tomar conciencia de uno de los cánceres más vetustos de la sociedad boliviana. Frente a quienes prefieren creer que el racismo no existe, se levanta la frase látigo, la palabra violenta que alumbra la existencia de lo que no se debate con holgura.

"Fue marxista comunitario". Circuló mucho la idea de que, en 1989, o incluso antes, en 1979 y 1980, Felipe Quispe Huanca se habría convertido a las ideas del Che Guevara o incluso a las de Mao Tse Tung. Falso. Bastaba con escucharlo sostenidamente para darse cuenta de que no. García Linera no pudo convencerlo de nada. El planteamiento de la lucha de naciones impulsado por Quispe es suficiente desmentido para quienes ven en el Mallku un vulgar militante comunista de la izquierda latinoamericana. Él aspiraba a reconstituir el Kollasuyo para que fuera éste el que anulara a la República de Bolivia, la cual debía ser indianizada. Así imaginaba que esa nación sin Estado, formada por los aymaras, reencontraría su camino.

"Fue terrorista, lo más parecido a Sendero Luminoso". El sentido común le hizo pensar a Miguel Urioste que así sería. Muchos, como Ricardo Calla o Iván Arias, pensaron igual. Pues no. El Mallku entendió la lucha armada, nunca desde Régis Debray, sino desde la historia del cerco de 1781 a la ciudad de La Paz. En vez de beber de los manuales de la Tricontinental, el fundador del Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK) se puso a estudiar la guerra de las comunidades contra la Corona española. A diferencia de sus ayudantes foquistas –los que lo llevaron a Cuba, Guatemala o El Salvador–, Quispe no hizo calca de lo ajeno, sino que se puso a bucear en la historia de su pueblo. Fue entonces un indianista en armas, nunca un recluta de Fidel Castro. Por eso le fue mejor y quedó en los anales de la historia como un organizador de la violencia comunitaria, nunca como la versión morena de Carlos, el Chacal. Por eso, tras el desmantelamiento de su grupo, el Mallku entendió que era más rentable la lucha social abierta, desde la clandestinidad de su idioma y del misterio de sus cuarteles generales desde donde envió enjambres de ponchos rojos. De ese modo, a un costo en bajas muy inferior al de sus antecesores, barrió con los cimientos del Estado colonial y neoliberal.

"Fue precursor del proceso de cambio". Con ese talante asistió la ministra Prada a su velorio y tuvo que agachar la cabeza ante el enojo filial de los verdaderos dolientes. No. Quispe siempre vio a la izquierda blanca, que se apoderó del MAS, como la encarnación humana del papagayo, el animal que repite lo que no entiende, el ave que se agacha ante el primer mohín del amo. Por eso no se hizo un rincón confortable dentro del esquema de poder montado en coordinación con Caracas, La Habana o Buenos Aires. Como indianista tozudo no fue ni de izquierda ni de derecha, estuvo con los de abajo. En 2020 renació de sus cenizas y le puso fecha de expiración al Gobierno transitorio de Áñez. Es lo que el MAS ya era y es incapaz de hacer. Como ha dicho Cristina Bubba, el Mallku se hacía presente solo cuando se consideraba necesario. Quizás por eso se fue luchando, con la energía del muchacho que ahora hereda su postulación.

El autor es periodista


El Mallku, la voz de la nación clandestina

(del periódico OPINION, 24 de enero de 2021)

A los 78 años, Felipe Quispe Huanca, líder aymara, guerrillero, historiador, dirigente campesino, político, dirigente del fútbol indígena, murió el 19 de enero. 
mallku voz clandestina

EL MALLKU COMO IMAGEN

El mallku como imagen, incluso mito, se presenta como icono cultural y político, que en su caso supone una unidad indisoluble pues puede desplegarse entre intervenciones televisivas y radiales o también como un contorno delineado, silueta dibujada entre la multitud de ponchos rojos y como miembro de organizaciones armadas, sindicales, intelectuales y político partidistas. Pero quizás las imágenes más potentes de El Mallku no responden a las convenciones de la unidad imagen-poder donde su cuerpo sería arropado por las masas, o él encaramado en una tarima dirigiéndose a subyugados por su oratoria, sino que sus imágenes capturan gestos de su mirada sobre el fuera de campo, sus ojos enclavados y atendiendo a algo que habita fuera del cuadro, que bien puede ser el futuro o como sugieren sus detractores, el pasado.

Pero sus detractores son quienes materializan imágenes que generaba El Mallku en tanto condensación de miedos atávicos de la ciudadanía paceña, el tufo colonial “están viniendo” que se activó a inicios del silgo XXI y en los últimos meses desde el golpe. El Mallku como un relámpago en la retina colonial urbana lo vemos en la incomprensión de periodistas y académicos al balbucear explicaciones sobre ese indio rebelde.

Cuando sostiene que lucha para que su hija no sea tu empleada, su mirada acuciante se posiciona fuera de campo. Cuando los medios en 2020 le consultan sobre el gobierno de facto, su mirada se traslada a ese lugar abismal, el fuera de campo, ahí donde se produce el sentido de lo que vemos en el plano, en el caso suyo el futuro. Quizás ese es el lugar de la imagen del Mallku, no habitar el cuadro, ya sea por voluntad propia, abandono el parlamento o porque los oportunistas lo relegan a ese lugar. Sin embargo, la potencia y eco de su acción, por tanto su ética, habitan en el fuera de cuadro, espacio destinado para figuras no consagradas en la mezquindad del presente sino reservado para el futuro.

En la víspera la CSUTCB manifestó su interés en declarar a El Mallku como héroe indígena, entre los debates que puede generar esta solicitud, la representación visual de esta figura supondrá otro problema puesto que no existe una foto o imagen oficial suya, entonces la disputa por la representación y su sucedánea inscripción en el imaginario social probablemente nos regale otras imágenes, haciendo presente el relámpago político y cultural que entraña la figura de Felipe Quispe. Esas discusiones, como lo hiciera él en vida desde hace 30 años, obligaran a que la sociedad boliviana nuevamente se mire en el espejo del racismo.

(Sergio Zapata)

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Felipe Quispe Huanca, el imprescindible

“Nunca pensé en ser un hombre importante, sólo sentía un dolor profundo por la situación social que estaba viviendo el país, sobre todo las formas de discriminación racial contra el indio”, señalaría como corolario en la introducción de su libro Mi captura. Su súbito desenlace me desgarró el cuerpo y las lágrimas internas aún no las he podido secar. Hace poco decía que, políticamente, sólo quería ver al Mallku como gobernador de La Paz y que era la figura política contemporánea más relevante para la inclusión de las mayorías indígenas en la nominal plurinacionalidad que poco ha avanzado. Si bien las “dos Bolivias” todavía no han sido conciliadas, su emblemática figura merecía con creces el reconocimiento del ejercicio democrático.

La reivindicación de la memoria indígena, de la identidad aymara-quechua, de la geografía y territorialidad del Kollasuyo, a través de la historia y de la pretensión de una filosofía y pensamiento propios, esgrimieron su accionar político que, por, sobre todo, en nuestro abigarrado país, se tornaba como una radical propuesta cultural. Cuando tenemos a merced el incipiente ideario de una gestión cultural que se comunica en clave global y, al compás de la academia que la legitima, categoriza dentro de sus posibilidades aquello que aún se desliza por las fronteras de su campo, envasando las miradas locales en los empaquetados que han sido dispuestos para hacerlo, por ende, la gestión patrimonial —así resuelta— carece de sustrato, espíritu y porvenir. Cuál mayor aporte cultural que el de transparentar la realidad de una dicotomía social boliviana y de conjugar las reivindicaciones étnicas junto con las económicas y expresar, con la integridad del intelectual orgánico, una radicalidad que ha sido trágica pero fundamental y que bien puede sintetizarse, en su emblemática frase, por una condición que tenemos irresuelta: “A mí no me gusta que mi hija… que sea su empleada de usted”.

Su mordaz y precisa confrontación ante las acciones de los mandatarios neoliberales y/o serviles al imperialismo, sus respuestas directas —amplificadas por una prensa que advertía el espectáculo de un indígena insumiso y rebelde— convirtieron a su figura en el más agudo y prominente vocero del discurso indianista-katarista. Si hay la personificación de símbolos —y Domitila Barrios es el de la recuperación democrática—, el Mallku es el símbolo contemporáneo de la reivindicación de las naciones oprimidas y de su política.

Podríamos acudir a la remasticada frase, pero no por ello menos trascendental, de Bertolt Brecht, de que hay hombres “que luchan toda la vida; esos son los imprescindibles”. Felipe Quispe Huanca fue el más imprescindible actor social de la democracia contemporánea boliviana. Vuela alto en tu infinito viaje, Mallku.

(Marco Antonio Marín G. - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. )

Historia con palabras de guerra

Era como una máquina de construir potentes metáforas políticas. Atravesadas, en ocasiones, por un humor corrosivo que tenía la capacidad inmediata de develar las contradicciones, el racismo y las violencias estructurales de la sociedad boliviana. Felipe Quispe, El Mallku, nos ha dejado un catálogo inagotable de frases épicas e irreverentes, pronunciadas en discursos, en entrevistas o en debates. Absolutamente consciente de la importancia del lenguaje para cuestionar la historia oficial, pero también para construir identidades políticas emancipadoras, empleaba las palabras como una herramienta fundamental en su lucha. No se trataba únicamente de tener un discurso provocador, sino de impugnar el sentido común dominante de la sociedad, llevando sus afirmaciones a extremos que hacen que Quispe sea una figura tremendamente incómoda, incluso hoy, después de su muerte, cuando gran parte de los actores políticos reconocen su importancia histórica y le dedican sentidos homenajes.

Estas frases, inseparables de las luchas de las que surgían, contenían en cierta forma la historia del país, ya que trazaban, a través de diversas estrategias simbólicas, una genealogía de resistencias en las que Quispe hábilmente insertaba su discurso, su figura y las demandas de los sectores indígenas a los que representaba. De esta forma, sus palabras funcionaban como fórmulas de lucha que desestabilizaban, desde dentro, las propias certezas históricas, políticas y culturales del lenguaje del opresor. Así, el niño que para aprender castellano se enfrentó a un sistema educativo concebido como instrumento de segregación de aquellos como él, terminó renovando el lenguaje político, al que concebía como una herramienta fundamental para cuestionar el orden social racista: El Mallku hacía historia con palabras de guerra.

Hace unos años, dijo que cuando leyó por primera vez un libro de Fausto Reinaga sintió que “era como mirarse del espejo, cómo es nuestra cara, de dónde venimos, qué pensamos hacer.” Es probable que la importancia que le dio al lenguaje tuviera también como cometido reproducir en las nuevas generaciones esa sensación de profunda identificación con sus palabras. De esta manera, sus frases lúcidas e irreverentes forman parte indisoluble de sus luchas que, al igual que su figura, se resisten a cualquier intento de simplificación histórica. La incomodidad que para algunos causa su figura es el síntoma más evidente de que las injusticias históricas que combatía siguen estando vigentes.

(Valeria Canelas)

El Mallku en nuestras pieles

¿Qué hizo este hombre para que su muerte, en una época donde morir es más sencillo que encontrar trabajo digno, mueva las conciencias de un país entero?

El Mallku poseía todas las características que una persona conservadora atribuiría a un villano: era radical, anticapitalista, indio, pobre, guerrillero, utópico, consecuente. Es más, cualquier fanático de las motocicletas y las biblias rosadas detestaría encontrarse con un sujeto así en la vida, pero, por alguna razón, ellos también están lanzando flores y laureles en honor a su memoria. ¿Por qué?

Quizás el motivo es que se disputa la relevancia (y actualidad) de sus luchas. Quizás estamos atestiguando la última batalla de este anciano guerrillero.

Porque algunos piensan que con el fallecimiento del dirigente muere su lucha y para ellos es fácil vestirse de revolucionarios y alabarlo desde las redes sociales. Porque el capitalismo contemporáneo nos hace creer que podemos agarrar cualquier discurso y desideologizarlo para establecer modas, tendencias. Pero, sobre todo, porque para esos cuantos ingenuos, la lucha anticolonial es un bien de consumo y entretenimiento, sirve para encerrarla tras una vitrina y verla bailar lejos de nuestros privilegios, con sus aguayos y zampoñas rimbombando cada primer viernes. Pero no, la trayectoria de Felipe es más contemporánea que nunca.

La partida del Mallku significa un duro golpe al proceso de reorganización político-partidaria nacional de hoy, de ahora. Nos deja justo cuando se estaba constituyendo una alternativa nueva en el panorama social. El movimiento que se gestaba con Felipe Quispe era un impulso para la política en general porque su partido no era una agrupación de oligarquías organizadas para determinar los rostros que defenderían sus intereses (como sucede con gran parte de la oposición), no se trataba tampoco de líderes reaccionarios que se aprovechaban de rencores políticos ciudadanos para plantear agendas de interés personal y posicionarlas manipuladoramente. Eran organizaciones sociales, eran bases populares, independientes al MAS, defendiendo lo que el proceso de cambio les dio y ahora todos quieren arrebatarles: la libertad de tener proyectos políticos, de tomar el poder formal y defenderse desde las urnas.

Con su partida ha sembrado memoria. Cada día aparecen nuevos relatos de sus hazañas, nuevos videos, anécdotas, discursos. Todas estas historias no son solamente la lucha de Felipe, son el testimonio de nuestro país que se repite indomable desde hace siglos. Por eso mismo recordar al Mallku no es un proceso mental, su memoria va latiendo en nuestras pieles, suena como el silbido de esas balas que volaban durante todo el año pasado. Su memoria, nuestra memoria, nos avisa que el camino es largo pero los resultados y las victorias llegarán inevitables.

(Alejandro A. Calizaya Godoy)

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El indio bueno es el indio muerto

Cuando, claramente afectada, mi esposa me dio la noticia del fallecimiento de Felipe Quispe Huanca, nos entristeció a distintos niveles. En este texto resaltaré que lamentamos la perdida de uno de los poquísimos líderes de nuestra historia reciente con la claridad, la formación y la velocidad mental necesarias para sostener una genuina discusión ideológica. A diferencia de esos pretensiosos y sobrevalorados presentadores que quieren asaltar los gobiernos municipales, don Felipe sabía lo que la palabra ideología quiere decir. Y supo llevarla a la práctica. Era mucho más que un agudo retórico, todos lo saben, eso se manifestó en el rol que jugó en el EGTK y, luego, en el MIP. Tuve el gusto de conocerlo en 2002, en un encuentro de pueblos indígenas del continente, me sorprendió la diferencia en privado con su persona pública. Antes que decir, escuchaba, aprendía de la experiencia del otro.

Hoy sus compañeros de lucha, los próximos, lo recuerdan con admiración y ensayan breves homenajes en medios de comunicación y redes sociales. Lo que me parece poco elegante, una muestra burda de hipocresía, es que algunos personajes resalten hoy las bondades del que en vida fue su enemigo declarado. Típico de la pacata política boliviana, de la etiqueta conservadora. Al que temían y llamaron salvaje, ahora que ha muerto se lo quiere y/o respeta. Ahora que ya no puede venir por las noches a robarse a los niños, a abusar de las mujeres, a robarnos el pan de la boca, a cercar las ciudades, se ha convertido en un venerable sabio de los altiplanos.

Una de las menos logradas novelas de Montes Vanucci, titula con una de esas exclamaciones que pueden ayudar a definir el imaginario de los bolivianos de clase media: “Los aymaras están llegando”. Así como la pregunta, “¿Hijito de quién eres?”, encierra un muy asimilado clasismo, la expresión antes citada nos recuerda el miedo radical al otro absoluto, a la amenaza suprema a los valores de la sociedad mestizo/criolla. Los pseudoblancoides en Bolivia fuimos formados para temer a los aymaras, caníbales, degüella perros, desalmados, desconfiados e imprevisibles. Bajo esa lógica, Felipe Quispe Huanca era Gerónimo, Caballo Loco o, mejor, Tupac Katari. Era el líder rebelde, amado por los suyos, respetado por los que no abrazan el proyecto de un estado burgués falogocéntrico y temido por los que lo describirían como bárbaro. Pero, hoy las diferencias parecen olvidas. En las semblanzas se maravillan porque el Mallku estudió historia y fue catedrático universitario. Era indio, pero ilustrado. Por tanto, un poco menos indio, un poco mejor.

Cuando leí ese tweet de Tuto Quiroga: “Lamento profundamente la partida del Mallku (Felipe Quispe), el líder Aymara más relevante de las últimas décadas. Defendía sus ideas con intransigente firmeza, dialogaba y cumplía compromisos asumidos. Como exdiputado debe ser velado en el Congreso. ¡Jallalla Mallku!”. Sus loas revivieron a un desafortunado fantasma, a su copartidario Walter Guiteras, entre otras cosas, exMinisterio de la Presidencia, que salió de la vida pública por vergonzosos escándalos. Las palabras de Tuto revivieron los tiempos en los que a Guiteras se le permitía decir “el hombre blanco nunca miente” y cuando se entendía a la política nacional como un western de bajo presupuesto. Quiroga, wonder boy del adenismo, hace poco despidió a Guiteras con otro tweet: “[…] formidable líder beniano, un parlamentario que dejó huella, un Ministro frontal, dos veces Presidente del Senado, y, sobre todo, un amigo leal y consecuente”. Arquetipo del burócrata electoral, Tuto entiende a la diplomacia como una forma sofisticada de la falacia. Pues no es un “líder formidable”, quien asume que una raza tiene una condición moral intrínseca, sin mencionar sus otros actos reprochables. Tampoco creo en la muestra de respeto a alguien que despreció y confrontó a todo a lo que Tuto representa. No creo en esa doble moral.

Con lucidez, el Mallku vio en la Bolivia blancoide a una sociedad débil y decadente, llena de señoritos incapaces para trabajos manuales, así como para resolver los problemas más básicos de este país. Coherente con esa idea sus burlas a esa intelectualidad señorial despojada de título de licenciatura eran recurrentes. Basta recordar sus anécdotas sobre un “disperso” y joven Carlos Mesa o sobre un Álvaro García Linera que ni sabía lavar su ropa cuando se conocieron y que nunca pudo aprender aymara. A no dudarlo, Quispe quería construir una versión del sueño de Fausto Reynaga. Pero, se debe mencionar que para él la superioridad no era un tema meramente racial, sino ideológico y político. Para ejemplificarlo, recuerdo un encuentro telefónico de los dos Quispes más conocidos de nuestra política, Felipe y Rafael, el Tata. En él, el primero animó airadamente a al segundo a que se cambie el apellido, que adopte uno de la gente a la que sirve. Es que compartir apellido, hablar la misma lengua e incluso identificarse con un mismo grupo étnico, no significaba que eran pares. Rafael funge de subalterno de turno, de ornamento folclórico, es feliz siendo un sticker para redes sociales. En cambio, Felipe quiso refundar al país, uno sin extranjeros en el poder, no temió en hacer estallar al orden establecido. Un Mallku mayor frente a un “Pongo del siglo XXI”, como lo llamó en ese encuentro.

Felipe Quispe no hizo caer a Goni, ese es mérito del pueblo levantado, pero fue uno de los rostros más brillantes de esa multitud. De lo que estoy seguro es que fue dueño de muchos de los desvelos de Sánchez de Lozada, de Banzer, de Tuto Quiroga y de “la derecha hipercristiana”, como la llamaba. Solo por eso es protagonista de capítulos inspiradores de nuestra historia reciente. Si creen que está muerto, se equivocan. El cóndor no pasa, el Mallku permanece. Su presencia late en los “salvajes” y en los “bárbaros”. Y su marcha nos hace temblar.

(Andrés Laguna Tapia)

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El Mallku, la voz de la nación clandestina

No creo exagerar si digo que fue durante una larga vacación estudiantil de 2001 cuando comencé a cobrar conciencia real sobre la existencia de otra Bolivia más allá de las cuatro paredes de mi casa. Lo hice, curiosamente, mientras pasaba los días encerrado en un departamento del centro paceño y seguía a través de periódicos el implacable bloqueo que habían montado los aymaras a la cabeza de un hombre ya maduro, casi siempre tocado por un sombrero, de espalda ancha y rictus hosco, ojos tristes y bigote ralo, que cuando tomaba la palabra disparaba una batería fulminante de verdades crudas que enmudecían a todos los que escuchábamos/leíamos desde el otro lado. Se hacía llamar El Mallku, un apelativo insuperable que obligaba a clases medias y altas urbanas a pronunciar una palabra desconocida y a los medios de comunicación a poblar sus titulares con un léxico andino (aymara y quechua) que les resultaba tanto o más ajeno que los extranjerismos.

Bolivia, o al menos el occidente del país, vivía en un confinamiento que debió entrenarnos de alguna manera para el que ahora nos ha impuesto la peste. Un confinamiento que, para mi padre, un compañero de trabajo y yo, era doble, porque apenas salíamos del departamento para buscar comida y comprar periódicos. No había tele en el lugar, así que debíamos devorarnos el papel impreso para tener una idea de lo que ocurría en el país y saber si podíamos salir de la ciudad y volver a Cochabamba. No recuerdo haber leído nunca más tantas páginas de periódico como en esas semanas. Comprábamos casi a diario La Prensa y esperábamos con ansias la salida a las calles de Pulso (semanario) y El Juguete Rabioso (quincenal), en los que El Mallku era una figura omnipresente, incluso más que el presidente (para entonces, ya Tuto) o sus ministros. No recuerdo cuáles eran las demandas de los campesinos aglutinados en la poderosa CSUTCB, comandada por Felipe Quispe. Eso sí, los pedidos eran funcionales a un fin mayor: posicionar en la agenda pública y mediática la palabra, arrastrada y hasta errática pero siempre explosiva, con que El Mallku interpelaba a la clase política y al país que lo veía con miedo y pasmo desde su inmutable comodidad.

En las mesas de negociación, el líder aymara, quien –lo descubriría luego– había empuñado las armas como guerrillero y pasó unos buenos años en la chirola, tomaba la palabra para llamar a sus interlocutores “carniceros” y retarlos a que lo descuartizaran “ahí mismo, como a Tupac Katari”. Luego, el silencio. Se enjugaba algunas lágrimas por sus hermanos caídos, se marchaba dando portazos para seguir bloqueando y dejaba a gobernantes y mediadores con sus soluciones atragantadas. Porque no había solución a la vista para ese desencuentro histórico: era otro país, otra Bolivia, que reclamaba su derecho a hablar, su derecho a existir, ante la Bolivia oficial que siempre la había discriminado y negado.

La visceralidad de esa protesta no la había sentido ni siquiera en la Guerra del Agua, que un año antes me había sacado a la fuerza del colegio para atestiguar una movilización social insólita. Lo que bramaba El Mallku atravesaba la piel y se te quedaba en los huesos. Solo había sentido algo así al ver La nación clandestina, la película de 1989 de Jorge Sanjinés en la que el protagonista, otro aymara curtido y desencantado, dejaba a sus interlocutores sin voz ni aliento. Como el Sebastián Mamani que baila hasta morir para dejar testimonio de su vida, que es la vida de su comunidad, de la nación clandestina, Felipe Quispe ponía en escena pública el ritual de la palabra “oprimida, pero no vencida” con la que vindicaba, ante la nación oficial boliviana que lo despreciaba e ignoraba, ya no solo su derecho a hablar y existir, sino una voluntad indoblegable para tomar la voz, la vida y el poder en este país. Era una señal inequívoca de que la Bolivia plebeya, la nación clandestina, iba a adueñarse de Bolivia, por la razón o la fuerza, así como ya se adueñaba de las carreteras del occidente del país.

Eventualmente, ese interminable bloqueo terminó. Y con él se me terminaron las excusas para no volver a Cochabamba. Pero ese que volvió, como este país, nunca más volvería a ser el mismo. (Santiago Espinoza A.)

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Jallalla Tata Mallku

No me corresponde hacer una reseña sobre el Mallku, nunca lo conocí en persona, sí he estado en varios eventos donde él ha sido clave, pero no le he estrechado la mano o solamente saludado, pero quiero decir lo que significa su nombre, su lucha y sus palabras en mi vida.

El Mallku es dos años mayor que mi padre, entonces han compartido la historia y la han vivido desde sus propias trincheras. Mi padre fue pongo de las haciendas en Tupiza, por lo mismo mi historia pasa por esa historia de sufrimiento y dolor. Solamente alguien que ha pasado una parte de su vida en condición de esclavo sabe cómo se marca en el cuerpo el miedo y la obediencia, se lo sabe desde las posturas, el tono de la voz, la violencia, el silencio, el olor y el alcohol.

Me quedó en la medula no poder hablar quechua, como se le quedó a mi padre, a quién en la hacienda castigaban cuando hablaba en el idioma de los indios. Él nunca quiso que a sus hijos los discriminaran y trataran como indios, por eso era un lenguaje prohibido, un idioma que significa atraso. Como sigue siendo hasta ahora, que son abiertas las burlas a los que hablan el español con acento de uno los idiomas originarios de estas tierras, por eso los maestros rurales ponen mucho empeño en enseñar a vocalizar a las wawas, más de uno me ha dicho “es necesario para que no les hagan bullying”.

De niña tenía prohibido acercarme a la cocina, no por miedo a que me haga daño, mi padre no quería que aprenda a cocinar porque no quería que sea sirvienta de nadie. Una vez en Cochabamba sentada en una banca con unas hermanas del Valle Alto, se nos acercó una señora y me pregunto si quería trabajar, no entendí lo que me decía y me quedé mirándola, se enojó y nos trató de flojas. Cómo resuenan ahora esas palabras del Mallku, cuántas hermanas son vistas como posibles “empleadas”, cuántas son solamente increpadas y violentadas por no comprender al patrón o la patrona… en mi camino he conocido a muchas mujeres que al llegar a los 15 ya se preparaban para migrar a la ciudad a trabajar de “empleada doméstica”, casi como un rito de paso obligatorio, basta oír la historia y testimonios de la valiente Yola (de mujeres creando) para descubrir que sigue pasando.

A mucha insistencia logré que mi padre me llevará a lo que fue su hogar, un pueblito cuyo nombre no aparece en los mapas: Lonte. Volvió a su tierra después de más o menos 40 años, conocí más de sus penurias y andanzas, me perdí en el río y los sauces, imaginé la vida. Una de esas mañanas, mi papá se fue a una reunión en la esplanada de la iglesia. Al volver me contó que había llegado el “hijo del patrón”, los que me conocen se imaginaran mi reacción, me invadió la rabia y le increpé. Le dije que ya no había patrones, que eso no existía… me contesto que “es la costumbre llamarlo así”… aún me hierve la sangre el constatar que ese sistema de miedo y disciplinamiento se queda en el cuerpo.

Eso pasa todos los días con los hermanos y hermanas, a quiénes hay que recordar que cuando de aplicar justicia se trata, tienen la misma autoridad de un abogado, porque ha cambiado la ley, pero no ha desaparecido el racismo. Que fuerte resuenan para mí las palabras del Mallku “Yo no voy a venir a arrodillarme ante mis opresores”, que insolente y libre. Porque él sabía que, así como nos marcó la historia de dominación e imposición a los otros, los kharas les quedo el miedo al indio, al salvaje, al bruto… no otra cosa son las reacciones bajo el desgobierno de la Añez, porque saben que si nos levantamos no habrá nada que nos pare y es que tanto nos han quitado que no tenemos mucho que perder.

Porque a 12 años del Estado Plurinacional las cosas no han cambiado mucho, lo saben los hermanos y hermanas de la comunidad Pokerani de la Nación Qhara Qhara en Potosí, quienes hace más de 50 años sostienen una lucha por la reparación de sus derechos avasallados por la empresa minera EMUSA, lo saben las naciones que están peleando por ser autonomías indígenas y que hoy en día tienen que seguir solicitando un certificado de ancestralidad. Cuánta razón tiene el Mallku cuando afirma «No me siento boliviano, soy del kollasuyo”, cuánto miedo desatan estas palabras en los “otros”, los que se han acomodado a un sistema de sobrevivencia… cuán reales suenan las mismas palabras a las hermanas y hermanos de norte amazónico que ante la violencia de las mineras te dicen “aquí no hay Estado, no hay dónde quejarnos, nadie nos defiende”.

Mi papá siempre decía que había que estudiar. El estudio permite salir del campo y de una vida de sacrificio, esta lógica es aún vigente, una cosa es romantizar lo indígena y otra muy distinta vivir en el campo. Jamás pude acomodarme a la escuela, pero estudié, muchos hermanos y hermanas me enseñaron que el conocimiento es una herramienta, para el Mallku todo espacio era una plataforma para la formación, para el análisis, sus últimas campañas eran escuelas de formación, por ello mismo no se volvió un caudillo, por eso mismo ha estado en los momentos claves de nuestra historia y por eso mismo hay muchos jóvenes hombres y mujeres que ahora lo recuerdan y lloran. Por eso mismo la semilla de la rebeldía va a germinar.

Lejos de lo que mi papá pensó, el estudio no evitó que me discriminaran. He recibido insultos racistas varias veces, la última vez antes de octubre del 2019, estaba en la fila para comprar en una panadería del mercado Yungas, un señor mayor quiso meterse en la fila delante y le dije “estoy en la fila”, me miro con desprecio y me dijo “estas indias…”, no recuerdo que le dije, pero lo quite de enfrente con un empujón, lo recuerdo porque tenía a mi wawa de la mano. Después de comprar el pan, ella me preguntó “por qué ese señor nos dijo así” y tuve que hablar del racismo, del poder, de que no hay que callarse.

Precisamente por eso, cuando oí la muerte del Mallku y me puse a llorar y ella me preguntó quién era, me senté a mostrarle las fotos, me puse a recordar sus frases y leérselas, le repetí esta misma historia, las historia de sus abuelos y abuelas, este largo camino de lucha, recordé a mis hijas que cada logro es resultado de muchos Mallkus, de muchos Tumpas… de muchos hermanos y hermanas, les recordé que lo único que no está permitido es olvidar.

No conocí al Mallku, pero he hecho mías sus palabras desde el pequeño espacio en el que me muevo, desde la cotidianidad de la vida, desde mi camino con los hermanos y hermanas, desde la historia de mi padre anclada en mi cuerpo.

El Mallku murió con la discreción y el silencio con el que afrontó los momentos más difíciles de la su vida, él no necesita de los honores en el palacio de gobierno, él esta donde tiene que estar e irán a rendirle honores los que saben, los que se niegan a olvidar. Se va con el amor de los sikus, con la bronca y la rabia de los que esperamos un cambio, con la esperanza, se va con la semilla en la tierra, con esa sonrisa desafiante, en medio de coca, cigarro y alcohol, se va siendo querido, se va siendo salvaje e ingobernable y así nos quedamos, ingobernables y salvajes. Porque el sueño de un mundo sin racismo no tiene precio.

Jallalla Tata Mallku

(Aureliana Canelas)


MALLKU SALUDO


Escuche aqui la intervención de Felipe Quispe en un Congreso de la "CSUTCB contestataria" en agosto de 2019

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El 24 y 25 de agosto se llevó a cabo en la ciudad de La paz el 17 Congreso de la CSUTCB (Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia) a iniciativa de dirigentes históricos y grupos de base, cansados del manejo burocrático y a espaldas de las necesidades de las bases.

Escuche los testimonios:

Programa radial CON CHUWIS, 27 de agosto  de 2019

Duración: 5 minutos

 

 

 

 

 

 

 

 

https://somossur.net/index.php/bolivia-movimientos-sociales/2484-se-reune-en-congreso-la-csutcb-contestataria-audio