Anamar, el legado de una mujer, periodista y política insobornable

(Reportaje publicado en Opinión el 5 de febrero de 2012)

La mujer que rompió prejuicios sin dejar de ser una madre entrañable. Periodista incorruptible y defensora tenaz de la democracia, que no temió al compromiso ni cedió a presiones y amenazas.

Ana María Romero marcó una profunda huella en la historia de Bolivia y su nombre traspasó fronteras.

Hasta el fin de su vida, como presidenta del Senado, dejó de lado el sufrimiento personal para estar en primera línea en los acontecimientos sociales y la construcción del país.

Este reportaje es resultado de una beca patrocinada por la iniciativa Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la Fundación UNIR Bolivia. Ganadores del Fondo fueron Darynka Sánchez Arteaga, Sergio de la Zerda Veizaga, Andrés Laguna Tapia y Gabriela Flores López, quienes, junto a Santiago Espinoza Antezana, son los autores y responsables de este trabajo.


Anamar, el legado de una mujer, periodista y política insobornable

Informe especial de Opinión, 05 de ebrero de 2012

Tuvo tres hijos, ocho nietos, decenas de amigos y miles de seguidores que no han dejado de extrañarla

Un sueño de amor, anécdotas y dolor

Quince meses después de su muerte, el nombre de Ana María Romero de Campero continúa abriendo todas las puertas. Las institucionales, las oficiales, las “opositoras”, las familiares y las del alma de quienes la conocieron, la amaron y la respetaron, más allá de cualquier diferencia.

Ana Romero1Y es que esta mujer no pasó desapercibida por la vida. Dejó una profunda huella en la historia boliviana y su nombre traspasó fronteras como un sinónimo de confiabilidad, valentía y sólidos principios.

La misma naturaleza recibió su llegada a este mundo de una forma suigéneris. Nevaba copiosamente en La Paz, el 29 de junio de 1941, cuando Tina Pringle dio a luz a una niña a la que ella y su esposo, Gonzalo Romero Álvarez, bautizaron como Ana María de las Nieves Romero Pringle.

Su padre fue subjefe de Falange Socialista Boliviana (FSB), movimiento político conservador que luego de la Revolución de 1952 pasó a la oposición. Gonzalo Romero sufrió persecución política y el exilio. En ese tiempo, Ana María Romero y tres de sus cinco hermanos tuvieron que ir a vivir con su abuela paterna, Ana Álvarez, una mujer que influyó en la formación del carácter firme, disciplinado y tesonero de Anamar.

La niña estudió en los colegios Sagrado Corazón de La Paz e Irlandés de Cochabamba. En 1961 se casó con Fernando Campero Prudencio, un hombre que supo darle su espacio para crecer profesionalmente y la apoyó en todos los ámbitos en los que le tocó desempeñarse. De su padre y su abuelo paterno, heredó la pasión por el periodismo y la atracción por la política.

Obtuvo una licenciatura en Periodismo en la Universidad Católica Boliviana (UCB), al mismo tiempo que cumplía sus roles como esposa, dirigente del Centro de Estudiantes de su carrera y, además, se convertía en madre. También estudió un año en la Escuela de Filosofía y Letras e hizo cursos de Teología en la Universidad de Georgetown, Estados Unidos.

Una de las virtudes de Anamar, que conmueve hasta hoy a sus tres hijos, Fernando, Marcia y Natalia, es que ella jamás descuidó un solo instante a su familia, pese a que ocupó cargos muy importantes en agencias de noticias, diarios, en gobiernos y en instituciones internacionales.  

Se propuso enseñarles a permanecer unidos y lo logró con un sinfín de detalles. Sus hijos, Fernando, Marcia y Natalia, destacan que ella valoraba tanto el entorno familiar, que su prioridad era asegurar un hogar estable y acogedor para todos. Tenía una sonrisa en el rostro y los brazos abiertos para recibir a propios y extraños. Su carácter afable, su don extraordinario del buen trato y su carisma, hacían que en la casa en la que vivió, en la céntrica calle paceña Capitán Ravelo, siempre reinara un clima de armonía que seducía a toda la familia. “Daban ganas de quedarse allí”, aseguran sus hijos.

Ellos crecieron viendo a su madre siempre activa. Ver televisión por horas o dormir hasta tarde no entraban en su agenda. Ni siquiera los fines de semana. En las mañanas leía todos los diarios y por las noches devoraba libros, dos o tres a la vez. Escribía artículos, columnas, prólogos de libros, ordenaba papeles mientras escuchaba música o se dedicaba a las labores del hogar y atender a sus hijos. Defendía sus ideas con firmeza y cordialidad. Detestaba la violencia y a los “chupamedias”.

Respetaba profundamente al trabajador de cualquier sector, y le enseñó a sus hijos que “no era necesario ser comunista para optar por la defensa de los pobres; que la honestidad y la integridad son valores imprescindibles y que la realización personal jamás debe depender de la voluntad ajena”. Contaba que por muchas generaciones su familia había vivido de forma honrada y austera, y que el haber seguido ese ejemplo, le hacía sentir segura respecto a sus funciones públicas, pues no tenía “cola de paja” de qué preocuparse.

Anamar era muy buena cocinera y disfrutaba de preparar los platillos preferidos de su esposo, de sus hijos y nietos. Ella aprendió de su abuela paterna todos los secretos de la gastronomía de Cinti (al sur del país). Su especialidad era la Picana navideña que cobró fama dentro y fuera de su entorno familiar. Inspirada en los menús familiares que ingeniosamente planificaba su marido, Anamar halló en la cocina otra de sus pasiones. La Noche Buena era una tradición imperdible para la familia. Dirigía un tiempo de adoración a Jesús, al estilo “Cinti”, con villancicos, trajes de ángeles, alas y togas que todos usaban encantados.  

Tuvo ocho nietos y con cada uno mantuvo una relación especial. Conversaba con ellos, los llevaba al cine, de paseo, compartía sus juegos y travesuras. Amante de la escritura y de los detalles, escribió un diario para contar el nacimiento de cada uno de sus nietos, además de sus primeros logros hasta que cumplieron un año.

También guardaba un ejemplar del periódico del día en que nacieron para que sus nietos supieran, algún día, qué acontecimientos acompañaron su llegada al mundo.  

Su esposo Fernando fue el gran compañero de su vida. Ella lo llamaba “mi Nano”, y juntos hacían sendos análisis de la realidad del país y del mundo. Además, la pareja compartía un gran sentido del humor y sus hijos los escuchaban reir a menudo. Jovial, le encantaba recibir en casa a sus amigos y a sus compañeros de trabajo. Todavía es memorable en la familia, y en su círculo de amistades y periodistas, el “duelo” de chistes que organizaron Anamar y el premio Mc Luhan Luis Ramiro Beltrán, entre la periodista Sandra Aliaga y “Charo” Claure. El evento duró horas y fue filmado. Años después, Anamar veía el video en su casa y reía a carcajadas.

Sus amigas atesoran múltiples anécdotas sobre la contagiosa alegría de “Anita”. Era experta en organizar fiestas para celebrar cumpleaños, el éxito de sus amigos y sus victorias. Promovía el intercambio de regalos. Se disfrazaba y le encantaba bailar. Tenía buen ritmo.  

Alta, de porte elegante y sonrisa amable, le era muy fácil conectarse con las personas y ganar su confianza porque tenía un don especial, el de escuchar a los demás. Era generosa y no dudaba en gastar de su bolsillo para ayudar a otros.

Mucha gente cree que sufría de Mal de Parkinson porque tenía un leve temblor en el rostro cuando hablaba ante las cámaras o estaba cansada, pero en realidad era el efecto de una debilidad muscular en el cuello que ella llamaba “mi noneo”.  

Fue una mujer muy fuerte y valiente. Por ello, cuando supo que estaba enferma de cáncer y el presidente Evo Morales la invitó como candidata independiente a senadora por La Paz, le confió a Gabriela Ugarte que aceptaría el reto, diciéndole: “no me voy a quedar a esperar la muerte, cruzada de brazos y mirando desde la ventana cómo se divide el país”.

Su amiga Sandra Aliaga asegura que luchó con todo su ímpetu contra el mal y se sometió a todas las cirugías y tratamientos posibles pero cuando se dio cuenta que ya no había nada más que hacer dijo: “Es hora de irse”.

Sin embargo, hasta su último aliento de vida, estuvo pendiente del país y le dolió ya no poder aportar en la construcción de un cambio real.

Para quienes la conocieron de cerca, su actitud ante la muerte reflejó de qué madera estaba hecha. En lugar de pensar en sí misma, se entregó una vez más a aquello en lo que tenía una fe ciega: la lucha porque los bolivianos dialoguen respetándose el uno al otro. Ella creyó que podía ser un puente entre los sectores polarizados, pero el cáncer terminó devorando sus sueños el 25 de octubre de 2010.

Reivindico el papel de la mujer en el periodismo y fund0 el círculo de periodistas. Junto a carlos mesa, creó el premio nacional de periodismo de la APLP y organizó el primer debate de candidatos en televisión.

Anamar, la primera en informar la muerte de Marcelo Quiroga

El buen periodismo le corría por las venas a Ana María Romero de Campero. La pasión por el don de la palabra y la verificación de los hechos, heredada de su padre y su abuelo, se entremezcló con un alto sentido de la ética, de la justicia y el apego a la ley, ámbitos en los que militó Anamar, para regalarle a Bolivia una de las mejores periodistas de la historia nacional.

Ana Romero2Romero no iba en busca de primicias, sino de información bien respaldada, lo cual le permitió alcanzar el patrimonio más valioso de un periodista: la credibilidad. Ella fue la primera periodista en dar la noticia al mundo, a través de la Agencia Alemana de Prensa (DPA, Deutsche Presse Agentur) para la que trabajaba como corresponsal, del asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el 17 de julio de 1980, durante el golpe del dictador Luis García Meza.

“Cuando nadie se atrevía a dar la información, porque no habían fuentes, ella logró hablar con la viuda, Cristina Quiroga Santa Cruz y pudo dar la noticia. Lo recuerdo bien porque yo estaba de corresponsal en México y, mientras las otras agencias sólo informaban del asalto a la Central Obrera Boliviana y de la existencia de muertos, Ana María identificó a Marcelo como uno de ellos”, precisó su amigo y colega de la Agencia de Noticias Fides, José Luis Salazar.

En una época en la que las mujeres periodistas podían contarse con los dedos de una mano, Anamar se destacó como cronista en la revista semanal de El Diario (1968) y como la primera reportera mujer de la agencia de noticias y la radio Fides.

Su jefe, José Gramunt de Moragas, describe a Romero como una mujer de iniciativa, visionaria y que redactaba muy bien, con profundidad. “Yo no tenía que decirle qué buscar, ella ya lo sabía, era una demócrata convencida que defendía los principios de la justicia social”.

Su colega en Fides, José Luis Salazar, la recuerda como una mujer con mucha sensibilidad, gran olfato periodístico, una formación muy sólida, una ética a prueba de fuego y siempre dispuesta al trabajo en equipo. “Le atraía la cobertura de los temas políticos, sociales y económicos, le tocó cubrir varios golpes de Estado y convulsiones típicas de las dictaduras”.

Estando en Fides conoció al jesuita Luis Espinal, asesinado en marzo de 1980. Dos meses después, Anamar fundó el semanario Apertura, junto a José Gramunt de Moragas y otros periodistas. Apertura, nació como un espacio de defensa de la democracia pero sólo pudo sobrevivir diez semanas. Cerró sus puertas debido al régimen de terror impuesto por Luis García Meza y Luis Arce Gómez.

EN DICTADURA

La valentía de Anamar jamás fue puesta en duda. El fiscal general de la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP), Antonio Vargas, hace notar una diferencia. “Es distinto denunciar las arbitrariedades en democracia a hacerlo en dictadura. En la década de los setenta y el inicio de los años ochenta, varios periodistas ayudaron a construir la democracia, Anamar entre ellos. De allí el que se haya convertido en una figura respetada en la sociedad”.

Por 31 años, Romero ejerció el periodismo en distintos medios. Trabajó como corresponsal de Nueva Época y de las agencias internacionales de noticias DPA, Inter Press Service (Italia), United Press International (UPI), diario ABC (España), Hoy (Ecuador), La República (Uruguay), revista Time (Estados Unidos), Proceso (México) y como columnista en La Razón (Bolivia). También fue jefa de prensa, subdirectora y directora de Presencia, un diario nacional de gran influencia en el país.

El periodista y expresidente de Bolivia, Carlos Mesa Gisbert, recuerda esta etapa: “Ana María fue la última directora de Presencia como el gran periódico nacional que fue. Después, por diferentes razones, no necesariamente porque sus sucesores hayan sido malos, el contexto llevó a que Presencia no mantenga el rol que ocupó. Pero, durante el tiempo que ella fue directora se produjo un remozamiento de ese diario, le dio una dinámica moderna, con Ana María se convirtió en un periódico de referencia, después de una figura tan extraordinaria como la de Huáscar Cajías”.

Luis Ramiro Beltrán, un entrañable amigo de Ana María, cuenta que el respeto del país, que ella se ganó a pulso, hizo que “ninguno de los trabajadores de Presencia tuviera celos de que una mujer sea directora de un periódico. Yo la visitaba allí y todos la colaboraban, no sólo por la excelencia con la que se desempeñaba, sino porque ella era una camarada más, nunca fue soberbia ni abusó del poder. Como periodista fue brillante¨.

El exjefe de redacción de Presencia en la gestión de Anamar, Juan Cristóbal Soruco (hoy director de Los Tiempos), afirma que Romero contribuyó a apuntalar los cimientos democráticos en el país a través del tratamiento de la información como instrumento del conocimiento e interpelación del poder.

Su labor periodística “dejó un mensaje de adhesión democrática incuestionable. Anamar era una mujer universal, tenía una gran apertura y creía en la búsqueda de la verdad en beneficio del bien común, sin ataduras de ninguna naturaleza”.

En la década de los ochenta, Romero se convirtió en la primera mujer en ser elegida presidenta de la Asociación de Periodistas de La Paz. Su gestión, en la que estuvo acompañada por Carlos Mesa como secretario general, fue catalogada como “brillante” por Juan Cristóbal Soruco. “Modernizó la institución y la recuperó como un referente de la acción pública”.

Junto a Mesa, instituyó el Premio Nacional de Periodismo de la APLP y organizó el primer debate de la historia nacional, con candidatos a la presidencia de Bolivia (Gonzalo Sánchez de Lozada, Jaime Paz Zamora y Hugo Banzer), que se transmitió por televisión a todo el país y fue considerado un “salto al siglo XXI en un proceso político que jamás había tenido al debate como un elemento de tradición”.

Sin embargo, otro de los mayores logros de Ana María Romero fue la reivindicación del papel de la mujer en el periodismo nacional. Fue presidenta y fundadora del Círculo de Mujeres Periodistas (1972- 1974) en un momento en el que las condiciones de desigualdad eran evidentes. Y aunque un gran equipo femenino la acompañó en esta labor, Carlos Mesa opina que “el hecho de que Ana María fuera una figura del tamaño que fue, es una reivindicación por sí misma de lo que la mujer anhela, la demostración de sus capacidades (...) El mayor aporte que Ana María le hizo a la mujer boliviana fue desarrollar el trabajo periodístico al punto que hoy ya no hay ninguna razón para que un periodista hombre reciba mejor salario que una mujer. Las mujeres hoy tienen un rol destacadísimo en el periodismo”.

Y en esa lucha, Ana María Romero abrió el camino para todas ellas.


La premio nacional de periodismo 1998 no aceptaba la injerencia de nadie en su Trabajo

Romero le colgó el teléfono al embajador de EEUU

La historia es vox populi en los espacios periodísticos, pero las distintas versiones sobre lo ocurrido sólo pudieron ser aclaradas por Lucy Gutiérrez, la mujer que fue testigo de la más famosa de las irreverencias de Anamar, cuando le colgó el teléfono a un embajador de Estados Unidos.

Ana Romero3Ana María Romero de Campero fue nombrada directora del diario Presencia en 1989. Lucy Gutiérrez fue su secretaria administrativa hasta 1996.

“Fue entre 1992 y 1993, no recuerdo la fecha exacta pero el entonces periodista José Luis Exeni escribió una nota sobre la Embajada de Estados Unidos y su relación con la política nacional en Presencia Juvenil. Como directora, doña Anita verificaba siempre que las notas estuvieran bien respaldadas y con contraparte, confiaba en el material que se publicaba; pero el embajador de entonces, Robert Gelbard, la llamó para pedirle cuentas sobre esa nota y le alzó la voz. Doña Anita lo mandó al cuerno luego de advertirle que él no le iba a decir qué escribir ni le iba a enseñar cómo hacerlo. Luego le colgó el teléfono”.

Al día siguiente, publicó un artículo que tituló: “Presencia rechaza la injerencia de Estados Unidos”. La Conferencia Episcopal Boliviana, propietaria del diario, la respaldó plenamente. Esa y otras veces más. “Tuvo varios roces con ministros, autoridades y presidentes, pero ella no aceptaba telefonazos para cuestionar la información. La Iglesia la apoyaba mucho porque conocían de su rectitud y ella no les escondía nada. Con ese modo de ser su credibilidad aumentó y la gente la respetaba mucho más”, asegura
Lucy Gutiérrez, la mujer en la que Anamar confió tanto, que la llevó como secretaria personal a la Defensoría del Pueblo y, más tarde, como jefa de Gabinete al Senado.

Ana Benavides, comunicadora y articulista de Presencia afirma que como periodista Anamar jamás se acomodó al poder. “Era más bien irreverente ante el poder, lo interpelaba pero jamás imponía enfoques a otros periodistas, era respetuosa y en una charla encontrabas la orientación que precisabas”.

Su hijo Fernando Campero Romero sostiene que Anamar tenía una posición clara, que estaba influenciada por la Doctrina Social de la Iglesia Católica. La ética de Romero tenía sus raíces en la sólida formación en valores que le dio su familia, en sus convicciones cristianas y en la Teología de la Liberación. “Si bien estaba consciente del entorno social al que pertenecía, evitaba la ostentación, le indignaba la injusticia y decía que no era necesario ser comunista para optar por los pobres; admiraba a Mahatma Ghandi por haber logrado cambios importantes para su país por la vía pacífica”.

Waldo Albarracín define a Romero como una periodista “muy transparente, cabal, frontal en sus puntos de vista y honesta”. Luis Ramiro Beltrán respalda esa opinión. “Muchos políticos la criticaban, la molestaban y trataron de intimidarla, pero ella nunca se dejó, era valiente, equilibrada, inteligente, honorable, y no se doblegaba ante las presiones. Le tengo profunda admiración”.

Juan del Granado recuerda que Anamar, consecuente con sus valores democráticos, tuvo un papel determinante como directora del diario Presencia, para que el juicio de responsabilidades contra Luis García Meza no quede en el olvido. “Ella impulsaba la cobertura, el seguimiento al tema y, permitió así que ese juicio tenga una dimensión nacional. Si no hubiera habido ese acompañamiento en la opinión pública, el juicio continuaría hasta hoy. Anamar fue una periodista profesional, firme, que no le temía a los dictadores”.

La comunicadora Sandra Aliaga describe a Anamar como una periodista completa. “Investigaba, presentaba realidades con diversas aristas y múltiples voces. Era una lectora empedernida, muy preparada, con un sentido de la ética claro, segura de sí misma, pero nunca soberbia. Respetaba tanto a la gente, que jamás largaba algo sin confirmarlo, era rigurosa en eso”.

En 1998, Ana María Romero de Campero obtuvo el Premio Nacional de Periodismo de la Asociación de Periodistas de La Paz. En una columna periodística escribió al respecto: “Gabriel García Márquez afirmaba que el periodismo es el mejor oficio del mundo y en verdad lo es. Escribir la historia, el momento mismo en que sucede, es como infiltrarse en la semilla del tiempo y hacer que ésta explote en un big bang de palabras. Es jugarle un treta a la vida para convencerla que la noticia de mañana, será mejor que la de hoy (...) No entiendo, cómo se puede premiar a alguien por hacer lo que más le gusta, por haber tenido la osadía de mirar el reloj del tiempo para averiguar la hora que marcaba, por hurtarle unas horas al sol para cerrar la edición de un diario y haber visto y escuchado tanto, que una vida no alcanza para contarlo”.

Le devolvió un canastón a Max

Ana María Romero consideraba que recibir regalos de sus fuentes de información era deshonesto y comprometía su credibilidad. Mientras fue directora del diario Presencia, Anamar siempre devolvió los presentes que empresarios y políticos hacían llegar a la Redacción para los periodistas.

Una anécdota que quedó en la memoria de varios de sus colegas fue el incidente que surgió con el entonces dueño de la Cervecería Boliviana Nacional (CBN) Max Fernández que, además, era candidato a la presidencia de la República. Fernández le envió un enorme canastón a Romero y ella lo devolvió. Sin embargo, Max no se dio por vencido y le reenvió el presente. El canastón iba y venía hasta que Anamar le envió una nota explicándole con firmeza porqué no podía aceptarlo. En represalia, el empresario le quitó la publicidad que tenía en la tapa de Presencia.

Romero reemplazó de inmediato esos espacios ofreciéndolos a una mutual y la ausencia de la CBN no se sintió. La historia fue relatada por la periodista y hoy ministra de Comunicación Amanda Dávila en un video que le grabaron a Romero por el Día de la Mujer, el 11 de cotubre de 2010.

El director de Erbol, Andrés Gómez Vela describe a Anamar como una mujer de sólidos principios, consecuencia probada, inteligencia práctica, indómita ante cualquier probabilidad de opresión, íntegra, valiente frente a la injusticia y demócrata en la teoría y la práctica.

Opiniones de periodistas

Luis Ramiro Beltran

Premio mc Luhan

No hay periodista que no se interese en la labor política, porque ésta es consustancial a la labor de la prensa. Anamar también se interesó, pero no militaba. Era patriota, activa y con su partida perdimos a una excelente periodista que escribía para transmitir su pasión por Bolivia, más allá de las diferencias.

Sandra Aliaga

Periodista

Anamar no agachaba la cabeza, el poder no la hacía temblar. Era una periodista de cepa, muy íntegra. Sabía quién era, no se amilanaba y era la misma persona con el Papa o con el chofer de taxi. Jamás iba a una entrevista sin prepararse. Yo me sorprendo porque hoy existen periodistas que hacen entrevistas sobre sexo o sobre energía nuclear con una soltura e ignorancia cínicas. Anita jamás.

Ana Benavides

Periodista

Anamar hacía unos análisis de la coyuntura en el país fabulosos. Pero lo hacía siempre con positivismo, buscaba soluciones con tanta pasión que te enamorabas de Bolivia al escucharla y te comprometías con sus luchas. Yo no me perdía sus columnas, escribía sobre valores democráticos, derechos humanos, educación ciudadana, sobre el mar.

Carlos Mesa

Expresidente Bolivia

Ana María fue un modelo de trabajo periodístico, serio, muy apegado a los cánones del periodismo bien hecho. Fue una persona correcta en su vida personal y en su profesión. De firmes convicciones e ideas difícilmente modificables, su palabra tenía una influencia muy significativa en la opinión pública.

La institución nació al amparo de la credibilidad de ana maría romero, quien cumplió una destacada labor

La constructora de la Defensoría del Pueblo

El prestigio ganado por la labor periodística de Ana María Romero de Campero hizo que su solo nombre sirva para la construcción del Defensor del Pueblo, entidad de la cual fue su primera titular. “Su nombramiento -en 1998 y por dos tercios de votos del Congreso- fue una culminación sociopolítica de su carrera periodística. La Defensoría del Pueblo es un cargo político, lo que no quiere decir que sea partidista sino todo lo contrario; se ocupa de los ciudadanos y no solamente desde un punto de vista de la información, sino de ejercer los derechos”, señala el director de la Agencia de Noticias Fides, José Gramunt.

Ana Romero4Pero el cargo vino con el desafío de prácticamente crear la hasta entonces inexistente repartición pública. “La Defensoría era una institución nueva. Ana María la construyó porque la designaron y nada más. Ella tuvo que conseguir el inmueble, el presupuesto, darle estructura y forma a la entidad y luego hacerla funcionar. Ese fue su primer mérito”, manifiesta Waldo Albarracín, quien en 1998 era presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos.

“AL DEBO”

Una de las primeras funcionarias del Defensor, Ana Benavides, recuerda así esta etapa: “trabajamos unos meses en su casa (de Romero) porque le dieron el nombramiento pero no el presupuesto para el inmueble (...). De ahí empezamos a buscar una casita. Como no teníamos presupuesto todo lo hacíamos a crédito, todo nos daban a crédito. Los proveedores tenían una confianza absoluta en Ana María, después les fuimos pagando. Inclusive nosotras no teníamos sueldo. Posteriormente organizaciones de la cooperación internacional nos pagaron, creo que la cooperación canadiense fue la que nos dio nuestro primer sueldo”.

UNA RESPUESTA

Luego de conseguir que la cooperación danesa financiara el edificio de la Defensoría, una de las acciones inciales de Ana María Romero fue abrir una oficina de orientación al ciudadano. “El Defensor -rememora Benavides- solo atiende problemas en relación con el Estado y no de particulares. Al principio, el 60 por ciento de las quejas no eran de competencia de la institución. La gente creía que era una comisaría, pero Ana María pensaba que todos debían salir con una respuesta, entonces se daba orientación con un grupo de abogados”.

Hasta 2003, cuando culminó su gestión, Romero de Campero realizó una labor de apoyo a los grupos sociales de mayor vulnerabilidad.

La Defensoría trabajó entonces con sectores como los privados de libertad, trabajadoras del hogar, trabajadoras sexuales, niños de la calle, personas con opción sexual diferente y adultos mayores, entre otros.

EN CÁRCELES

Acerca de la labor cumplida con los primeros, la que exadjunta de Romero y actual Ministra de Transparencia, Nardi Suxo, manifiesta que en la Defensoría se efectuó un estudio completo de todas las cárceles y comisarías de Bolivia, trabajo con el que se gestó una propuesta a Régimen Penitenciario. “Logramos en nuestra gestión -dice Suxo- el indulto para casi 4 mil personas que tenían procesos que nunca se terminaban y que en muchos casos eran inocentes”.

Por otro lado, el Defensor del Pueblo impulsó la aprobación de la Ley de las Trabajadoras del Hogar. “Cuando entré a la institución -manifiesta Suxo- ya pasaron 17 años gestionando la aprobación de esa normativa. En el último tramo, nos fuimos todas las mujeres de la Defensoría al Congreso. Prometimos no movernos hasta la aprobación. Después tuvimos una gran fiesta con las compañeras en La Paz”.

Así como la Defensoría visitó la cárceles, también recorrió y verificó las condiciones de las trabajadoras sexuales en todo el país. “Preparamos igualmente un informe -indica Suxo-, sacamos recomendaciones, hicimos un montón de cosas para ellas en el tema médico, logramos que se respeten los derechos de las trabajadoras sexuales”.

NIÑOS

La Defensoría asimismo hizo que grupos vulnerables, como los menores de escasos recursos económicos, se agruparan en asociaciones como NAT’s (Niños y Adolescentes Trabajadores), una entidad que obtuvo en lo posterior un importante reconocimiento nacional e incluso la protección de sus demandas en la nueva Constitución Política del Estado.

En su afán de tener cercanía con la población, el Defensor del Pueblo, a la cabeza de su titular y funcionarios, incluso coadyuvaron en las acciones de socorro a las víctimas de las inundaciones que se produjeron en La Paz, en febrero de 2002.

QUEJAS

De acuerdo a los informes anuales presentados por la Defensoría al Parlamento, cada año la entidad atendió un promedio de 6 mil quejas ciudadanas, de las que poco más de una sexta parte se resolvieron a través de gestiones directas, sin necesidad de procesos de investigación.

Como parte de su mandato -hace notar el IV Informe al Congreso presentado por Romero de Campero a mediados de 2002-, el Defensor del Pueblo desarrolló también acciones de promoción y divulgación a través de tareas de comunicación, educación y análisis de los derechos humanos y ciudadanos. El propósito principal de estas acciones fue lograr avances en la construcción progresiva de una cultura de derechos humanos, como condición fundamental para que la población exija sus derechos.

CAMPAÑAS

Bajo esta perspectiva, se realizaron actividades de difusión, a través de los medios masivos, de campañas ciudadanas contra la discriminación, eventos de contacto directo con la población, seminarios, cursos, talleres de capacitación con servidores públicos, debates sobre diversas áreas y una serie de publicaciones pedagógicas. Con el programa de difusión de los derechos humanos, la misión y competencias del Defensor del Pueblo, se llegó a diversos sectores de la población urbana y rural, por medio de la televisión, la radio y los periódicos.

LA DEFENSORA

En toda esta labor, la conducción de Romero marcó el éxito de las gestiones. “Ana María -expresa Benavides- era muy visionaria. Ella era capaz de escuchar por horas los problemas, incluso personales, y después la gente se iba más tranquila. En todas sus actuaciones era muy asertiva, eso le daba mucha seriedad y credibilidad a la institución. Por muchos años, el Defensor del Pueblo, la Iglesia Católica y los medios de comunicación compartieron los primeros niveles de credibilidad ante la sociedad. El Defensor nunca bajó del segundo lugar”.


El historiador y expresidente de Bolivia Carlos Mesa ve asimismo otro factor de éxito en relación a la conducta de Romero, quien actuaba “indistintamente de si las personas eran ricas o pobres, buenas o malas”.

A pie.

“Volaba al mediodía para almorzar con su esposo. Se iba a pie y no tenía guardaespaldas”.

Ana Benavides

Exfuncionaria
Libro y filme.

El hijo mayor de Ana María Romero, Fernando Campero, adelantó que prepara un libro y un documental de homenaje a la labor de su madre. “Habíamos pensado primeramente en editar un libro con su biografía”, dijo.

Los méritos de campero, lejos de garantizarle continuidad, hicieron que no sea reelegida

La Defensora que temieron los políticos

Un trabajo ampliamente destacado en la creación y dirección del Defensor del Pueblo, una intachable conducta ética, el clamor popular para su continuidad. Ningún argumento fue suficiente para que la coalición política que encabezó el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada reeligiera en 2003 a Ana María Romero de Campero en su cargo. Y es que los méritos de la funcionaria eran vistos como una temible amenaza para los partidos encumbrados en el poder.

Ana Romero5“La nueva postulación de Romero -afirma el expresidente de la Asamblea de Derechos Humanos Waldo Albarracín- fue boicoteada por Goni, fundamentalmente porque, si bien a ella en su primera gestión la eligieron los partidos tradicionales y conservadores del parlamento, éstos pensaban que su trabajo como Defensora iba a ser tibio y no un problema para el gobierno. Pero fue al revés, porque ella cumplió a cabalidad su mandato de defender al pueblo, y estaba permanentemente en choque con las autoridades gubernamentales de Banzer y luego del MNR”.

En rigor, no se puede aseverar que la Defensoría del Pueblo es una instancia exenta de la política ni que su primera titular era virgen en este ámbito. En 1979, Romero ingresó en ese mundo como ministra de Informaciones del presidente Walter Guevara, saliendo sin embargo airosa del imprevisible ámbito, en el que vivió la traición y resistió un golpe de Estado.

“Yo era dirigente del MIR, -recuerda el político Juan del Granado- y vimos con mucha preocupación del golpe de Natusch Busch contra Walter Guevara, pero ahí destacó la figura de una ministra joven, muy linda y por supuesto muy inteligente, que era la articuladora de un gabinete en resistencia durante muchos días, y un motor esencial para la derrota del golpe”. La socióloga María
Soledad Quiroga acota: “El golpe fue muy terrible por la masacre que implicó (llamada la ‘Masacre de Todos Santos’) y, por supuesto, todas las personas que estaban en contra corrían riesgos; pero eso muestra también el valor de Ana María. Ella tuvo una actitud consecuente y necesaria. Fue capaz de defender el proceso” (para detalles, Romero expuso su experiencia en el libro Ni todos ni tan santos, que es reseñado en la página 10).

Se podría pensar que una notable funcionaria, con además tan honorable pasado en la política y el periodismo, tendría allanado el camino para su reelección en la Defensoría (cargo en el que fue reconocida con numerosas distinciones nacionales e internacionales, entre ellas la postulación al Premio Nobel de la Paz, como parte de las “1.000 mujeres de paz en el mundo”). No fue así. Los cálculos políticos que siguieron los congresistas determinaron su alejamiento de la entidad.

La exfuncionaria del Defensor Ana Benavides indica que, durante los días de votación de los parlamentarios, Romero se encontraba visitando a su familia en Estados Unidos y decidió retirar su postulación. “Un día de octubre de 2003 estábamos con una amiga nuestra -Gloria Tapia- en el hemiciclo. Era de amanecida y los parlamentarios decidieron ir a una segunda vuelta en la votación. Ella entonces envió su carta; sabía que estaban mano-seando su nombre y no se iba a prestar a ese juego. No pasó que no fue elegida, sino que retiró su postulación enviando una carta al entonces vicepresidente Carlos Mesa”. Justamente Mesa fue el solitario defensor de la Defensora al interior del gobierno. El también historiador había expresado meses atrás, de modo privado y público, su apoyo a la reelección. Vale la pena conocer en extenso su versión: “Sánchez de Lozada tenía una idea que se probó irónicamente correcta, pero su acción fue absolutamente contraría de la que debió ser (...). Fueron varias reuniones, por lo menos media docena, hubo dos muy importantes al final, pero la primera fase fue muy compleja, habían líneas diversas, tensiones en una dirección y otra.
Había momentos en que Oscar Eid (MIR) o Carlos Sánchez Berzaín (MNR) expresaban su apoyo a que la reelijan por razones políticas y prácticas; en otra reunión de pronto cambiaban de opinión y decían que no había que reelegirla porque era un peligro (...).

La pregunta era si era más conveniente que ella estuviera dentro o fuera del cargo. El presidente no expresaba opinión (...). En las últimas reuniones expresó su desacuerdo con que la Defensora del Pueblo fuera reelegida. (...) Yo tuve una reunión con él, pocos días antes de la decisión que iba tomar el Congreso. Le expresé que me parecía que había que plantear la reelección por varias razones: por razones éticas y por el nivel extraordinario de desempeño que ella había tenido a lo largo de su gestión, y por razones prácticas, porque era una persona que fuera de la Defensoría iba mostrar un gobierno que estaba sesgando opinión y que estaba manipulando el voto cuando la opinión pública mayoritaria estaba a favor de la elección de Ana María. No reelegirla era dar un pésima señal al país, en un momento en que el país la necesitaba y el gobierno estaba en una debilidad muy grande. Ahí el presidente no dijo nada, dijo que iba considerar mi opinión. Antes de una reunión final, hice un lobby muy importante, muy intenso para la reelección; lo hice con Jaime Paz Zamora (MIR), a quien llamé por teléfono. Él me dijo que de ninguna manera, que Ana María representaba la antipolítica, que simbolizaba un núcleo de la sociedad que estaba en contra de los partidos políticos y que su objetivo era la destrucción de los partidos; que él no podía respaldar a alguien que era enemigo de la esencia del contexto de construcción democrática (...). Hablé con Manfred Reyes Villa, quien me pidió un par de horas (...).

Él me dijo: ‘Mira, yo tengo algo personal con Ana María Campero porque ha sido muy dura con mi padre”, quien fue parte del golpe de Estado de García Meza, ‘pero a pesar de eso, entiendo que políticamente es conveniente y sería una imprudencia no elegirla (...)’. Y luego hice una reunión con el núcleo que controlaba en el MNR el Congreso (...). Después de una larga discusión, llegamos a un acuerdo positivo de parte de ellos (...). En ese contexto el presidente convocó a una reunión de la bancada del MNR de diputados y senadores en Palacio. Yo hablé con él y le dije que me gustaría asistir a la reunión como vicepresidente y como presidente del Congreso. Él me dijo que no, que no tenía sentido porque era reunión del partido y yo no era militante del MNR (...). Cuando hablé con ellos (con los parlamentarios) me dijeron que el presidente había volcado el voto y convencido a todos. El presidente les dijo -me contaron- que estaba absolutamente de acuerdo con sus criterios y por el último precisamente (desestabilización) él iba pedir que voten por el no, porque él consideraba que Ana María era un factor de desestabilización, y que desde la Defensoría podía desestabilizar al gobierno, y por eso no le convenía su reelección. Lo cual se demostró exactamente al revés”.

La exdefensora del pueblo lideró la huelga de hambre que le dio el “tiro de gracia” al gobierno de gonzalo sánchez de lozada. Posteriormente, incursionó nuevamente en política para ser presidenta del senado

Anamar: “La vida se me va y he decidido gastarla en el intento”

Ana María Romero de Campero nunca estuvo de acuerdo con las huelgas de hambre. Su exfuncionaria en el Defensor del Pueblo, Ana Benavides, cuenta por ejemplo que un día Romero se acercó a un piquete y le dijo a una huelguista: “Aurora, no tienes que hacer huelga porque estás yendo contra tu vida. La Constitución dice que lo primero es tu vida y no acepto que hagas esto”.

Ana Romero6La pérdida de una vida es lamentable. Lo es también la pérdida de 63 y más de 450 heridos. Tal fue el saldo de la violenta represión del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada a las protestas populares de octubre de 2003, en rechazo a la exportación del gas boliviano por puerto chileno. Pocas semanas después de -ante el manoseo político- haber retirado su postulación a la reelección del Defensor, Romero dio muestra de que no necesitaba del nombramiento para seguir cumpliendo sus roles. Entonces inició una huelga de hambre pidiendo la pacificación y la renuncia del jefe de Estado. “No podemos permitir que haya una muerte más” dijo Anamar, e inició el ayuno junto a destacadas figuras de Derechos Humanos, intelectuales, artistas, gremiales y políticos.

“Ella me llamó -recuerda Benavides sobre el inicio de la medida- y me dijo: ‘Vente a la casa de Natalia’, su hija menor, ‘te estoy mandando unos correos, tienes que leerlos y te vienes’. Fui a una pequeña reunión donde se estaba determinando, ella a la cabeza, que se iniciara una huelga de hambre porque no se podía permitir la situación. Fuimos luego a la iglesia de las Carmelitas y ahí hablamos con el párroco para que nos permita hacer la huelga. Comenzó la medida y empezó a ir todo el mundo solidarizándose. Incluso nos llamaron del exterior para decir que se estaban abriendo piquetes de bolivianos en países como Francia”.

El por entonces alcalde de La Paz -la represión se produjo en esa ciudad y especialmente en la vecina de El Alto-, Juan Del Granado, señala que la acción fue coordinada con el presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, Waldo Albarracín; el representante de la Iglesia Católica, Jesús Juárez; la Central Obrera Boliviana y su persona. “Decidimos -dice Del Granado- que había que impulsar una acción destinada a la renuncia de Sánchez de Lozada para lograr la pacificación del país”.

El historiador Carlos Mesa, entonces vicepresidente aunque alejado del primer Mandatario, da su perspectiva de la huelga: “La convocatoria de Ana María cerró el circuito de oposición nacional al presidente Sánchez de Lozada. Normalmente la clase media no ha tenido acciones de salir a la calle y mostrar su punto de vista de manera militante, en alguna forma más allá de las ideas. En este caso se produjeron primero manifestaciones, una cadena que era precisamente de respaldo a Ana María, y al lado de ella se sumaron muchísimas personalidades, intelectuales, gente joven, en fín, que fueron un elemento catalizador final del proceso. No es que esa huelga de hambre definiera la salida del presidente, pero fue el empujón final para que Sánchez de Lozada se diera cuenta que no tenía ningún respaldo”.

El ayuno masivo y otras movilizaciones consiguieron su objetivo. Luego de renunciar, el presidente prácticamente tuvo que huir del país y, por sucesión constitucional, precisamente Mesa fue quien ocupó su lugar.

DE REGRESO

En los años venideros, Ana María Romero continúo su trabajo de promoción de los Derechos Humanos, la cultura de paz, y sumó el fomento al buen periodismo, a través de la creación de la Fundación UNIR Bolivia.

Siempre presente en la vida pública, en 2005 recibió la invitación de Evo Morales -con quien mantuvo una relación de simpatía mutua desde que éste era dirigente sindical- para ser su candidata independiente a la vicepresidencia en las elecciones de ese año, invitación que no tomó Anamar porque la Ley del Defensor del Pueblo impide a sus titulares postularse a elecciones hasta cinco años después de su mandato.

Para las elecciones de 2009, la invitación del líder del Movimiento Al Socialismo (MAS) y ya presidente se repitió, ahora para el cargo de primera senadora por La Paz, con el ofrecimiento añadido de que Romero sería la presidenta del Senado. Mucho tuvo que reflexionar la exDefensora para acceder al ofrecimiento. Primero que en ese momento el país sufría una polarización que amenazaba incluso con concluir con la división. Segundo - y más importante- dos años atrás Ana María se enteró de que padecía de un cáncer intestinal. “Ya había ido -puntualiza su gran amiga y periodista Sandra Aliaga- incluso a tratarse a Chile”.

Tras consultar con su familia y entorno su decisión, Ana María terminó por aceptar el desafío, determinación que le valió críticas de varios sectores. En respuesta, en una carta abierta publicada en diarios del país, Romero expresó: “Ha pesado en mí la convicción de que no puedo negarme a brindar mi esfuerzo al ánimo de tender puentes y concertar que me ha manifestado el Presidente Evo Morales, lo que no me impedirá mirar críticamente el proceso por considerar que sus defectos o excesos no podrán enmendarse con odios y animadversiones, sino entendiendo a cabalidad el momento excepcional que nos ha tocado vivir. (...) La vida se me va y he decidido gastarla en el intento”.

Aliaga rememora los días posteriores: “Por su enfermedad, la campaña la hizo con peluca. Una de las cosas que le reprochaba la gente era que haya hecho campaña estando tan delicada. Yo me peleaba y les decía: ‘No me jodan. Ella está en su momento de gloria. Qué importa que se muera mañana. Lo que ella está viviendo es la coronación de una larga vida de lucha, entrega y trabajo”. Romero finalmente fue electa como congresista y posesionada como presidenta del Senado de Bolivia, en enero de 2010, cargo del que sin embargo tuvo que pedir licencia en menos de un mes a causa de la enfermedad de la que moriría el 25 de octubre del mismo año.

En su corta gestión -precisa su secretaria Lucy Gutiérrez- Romero coadyuvó en la conformación de comisiones y en algunas de las cinco llamadas Leyes Fundamentales (del Órgano Electoral, del Órgano Judicial, de Régimen Electoral, del Tribunal Constitucional y Marco de Autonomías) que se promulgaron después.

Políticos de oficialismo y oposición apoyan y critican la segunda incursión de Romero en el ámbito político. No obstante, todos coinciden en que, de seguir ella viva, la gestión del parlamento hubiese sido diferente.

El hasta hace poco presidente de la Cámara de Diputados, Héctor Arce, manifiesta: “Romero hubiera hecho una gran gestión en procura del diálogo y la concertación. En lo personal, he sentido profundamente su ausencia. Tenía grandes planes con Anamar en relación a buscar y profundizar la cultura del diálogo, desde la presidencia de ambas Cámaras”.

La institución formó promotores en gestión de conflictos y apoya la investigación periodística

Su meta, unir al país con diálogo y buen periodismo

Ana María Romero de Campero comprendió, según LuisRamiro Beltrán, que Bolivia no alcanzaba a ser una nación de verdad, democrática y plena, porque “los bolivianos somos sumamente desunidos”. Ella creía que las diferencias políticas, económicas y culturales no deberían ser un obstáculo para optar por la unidad. “Ese fue el credo que Romero difundió siempre, como periodista, como Defensora del Pueblo y como autoridad”. Los políticos que temían su influencia sobre los bolivianos evitaron que continuara como Defensora, pero no lograron que renunciara a su sueño. “Ella consiguió fondos externos privados, de apoyo, para unir a los bolivianos” afirma Beltrán.

Ana Romero7El proyecto condensó sus principales intereses: el periodismo, entendido como un ejercicio no sólo de información y comunicación, sino como un compromiso con el bien común, la promoción de los derechos humanos, el fomento del diálogo intercultural, la búsqueda de caminos para la superación consensuada de conflictos y la construcción de una cultura de paz.

El 11 de octubre de 2011, en la inauguración de la plaza Ana María Romero de Campero en La Paz, el actual director ejecutivo de la Fundación UNIR Bolivia, Antonio Aramayo, se refirió así a Romero: “Deseo relevar el papel de Ana María como gran protagonista, inspiradora y animadora de paz (...)En sociedades divididas y polarizadas, apelando a su rol de madres, las mujeres han dado vida a diversos grupos y asociaciones que trabajan por superar las divisiones impuestas por los enfrentamientos armados y la violencia (...) Como decía Clara Zetkin en 1915, la batalla contra la guerra, al igual que la batalla por la libertad, no puede librarse sin las mujeres”. Y en Bolivia, Ana María Romero dio a luz a la Fundación UNIR con ese mismo espíritu.

La institución ya tiene siete años de vida y varios logros. En noviembre de 2008, en ocasión de inaugurar el IV Congreso Mundial de Mediación realizado en La Paz, Anamar dijo en su discurso: “Nos consideramos unos modestos artesanos de la paz (...) Y estamos llevando adelante una serie de iniciativas para unir a nuestro país promoviendo el diálogo, la interculturalidad, el análisis y gestión pacífica del conflicto y la reflexión sobre el papel de los medios de difusión en la construcción de paz".

Luis Ramiro Beltrán cree que los herederos de ese sueño, hoy a la cabeza de la Fundación UNIR Bolivia, están “haciendo un trabajo muy valioso, en varios campos, inclusive en el de la comunicación, que tiene el primer Observatorio Nacional de Medios (Onadem) cuyo encargado es Erick Torrico, quien fue presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Comunicación. Y el director de UNIR, Antonio Aramayo, colaborador más alto y más inmediato de Ana María, está estableciendo una labor de continuidad que ya ha dado varios frutos”.

La gerente de Información, Investigación y Análisis de Conflicto de la Fundación UNIR Bolivia, María Soledad Quiroga (socióloga e hija de Marcelo Quiroga Santa Cruz), explica que si bien esta es una entidad privada, trabaja con temas que son fundamentales para el desarrollo democrático del país. “Ana María se preocupó por desarrollar varias áreas de actividad importantes en la fundación, que responden a necesidades reales del país, a su propia experiencia y formación”.

Desde el área de Interculturalidad, por ejemplo, se trabaja en los derechos de diferentes grupos, pueblos, sectores sociales. El área de conflictividad y el del diálogo, “retoman también lo que ella había hecho en la Defensoría del Pueblo”.

Si bien la creación del Onadem responde a una necesidad evidente de la sociedad boliviana de contar con una entidad capaz de desarrollar una labor crítica, pero constructiva, hacia la tarea informativa de los medios de comunicación, “también es fruto de la experiencia de Anita y de lo que ella creía que era necesario para mejorar la calidad periodística”.

Y algunas de las carencias más sentidas en el periodismo boliviano, son precisamente el exceso de trabajo, la falta de recursos económicos y la falta de tiempo para investigar más a fondo, diversos temas que ayudan en la construcción de sociedades críticas y ciudadanos bien formados. Así nace el Fondo Concursable de Periodismo de Investigación, destinado a fomentar que los periodistas bolivianos puedan dedicarse a la profundización esos temas.

Otra iniciativa importante fue el Banco Temático para periodistas que funcionó unos años pero que a la Fundación le fue difícil mantener.

LOGROS Y DESAFIOS

María Soledad Quiroga destaca que en el campo de la conflictividad, por ejemplo, se han generado opciones, espacios y mecanismos para formar profesionales nacionales y locales que sean capaces gestionar conflictos.

“Antes de la existencia de la fundación UNIR no habían capacidades nacionales instaladas que puedan hacer esta tarea; por lo tanto lo que se solía hacer era contratar gente que venía de afuera, expertos internacionales que, por supuesto, eran sumamente caros y que además no conocían la realidad nacional con la profundidad que se requería para poder intervenir en casos de conflicto o para poder plantear recomendaciones”.

La Fundación UNIR, en alianza con universidades públicas y privadas del país, formó promotores profesionales en gestión y tranformación de conflictos, a nivel de diplomados y maestrías. Personas capaces de gestionar los conflictos en sus propios ámbitos de acción, de manera constructiva y pacífica, evitando que se llegue a niveles de violencia. Sin embargo, aclara Quiroga, esos promotores jamás fueron formados con la idea de evitar que haya conflictos. “Esa no es la visión con la que trabajamos, tampoco estamos en la otra alforja, ensalzando el conflicto como una opción privilegiada para realizar cambios sociales, sino que trabajamos en la línea de aprovechar los conflictos, justamente para, a través de su transformación, u orientación hacia la transformación, generar estos cambios”.

Decenas de conflictos municipales, barriales y entre diversos grupos sociales ya han sido resueltos de manera positiva, a través de estos promotores.

El Onadem publicó en diciembre de 2011 “Medios a la vista 2” y las críticas constructivas fueron bien recibidas por periodistas de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz.

Carlos Mesa opina que UNIR ha sido una fundación interesante, pero en el caso del gobierno actual, “algo que no encontramos es una voluntad de diálogo que te permita hacer efectiva la mediación. La prueba de ello es que es este momento no existe canales de comunicación entre el gobierno y la oposición, a pesar de los esfuerzos que hacen muchos sectores, UNIR entre ellos, para lograrlo”. Antonio Aramayo coincide en que “acercar posiciones y generar espacios de concertación es una tarea esencial en esta coyuntura nacional en la que, hay que decirlo, existen corrientes, en las actuales estructuras de poder político, que persisten en formas de conducta y enfoques de relacionamiento que no se encuadran en una concepción de diálogo y búsqueda de consensos”.

En el libro ni todos ni tan santos, anamar relata su experiencia como ministra de wálter guevara

El periodismo en los tiempos del cólera

Si alguna vocación tuvo Ana María Romero de Campero, no pudo ser otra que el periodismo. No sería arriesgado pensar que su trayectoria institucional, pública como privada, más que una ruptura con el periodismo, fue un gesto de continuidad con esta vocación, de la que siempre enarboló el compromiso de servicio hacia la sociedad. Pero, a diferencia de sus muy próximas y palpables contribuciones desde el Defensor del Pueblo o la Fundación UNIR Bolivia, la apreciación de su carrera periodística resulta más complicada, sobre todo para quienes no fuimos contemporáneos suyos.

Ana Romero8Es cierto que País íntimo (Plural, 2002), una publicación que recoge las columnas que escribiera entre 1996 y 1998, intenta paliar esta dificultad y nos acerca a su faceta como opinadora. Pero, a más de esta faceta y de los reconocimientos (Premio Nacional de Periodismo incluido) que mereciera en vida, el único documento disponible que nos permite certificar su enorme valía como periodista es el libro Ni todos ni tan santos. Crónicas sobre el poder (Edobol, 1996), en el que vuelca su experiencia en la Secretaría de Prensa e Informaciones del fugaz gobierno de Walter Guevara Arze y en la resistencia al posterior golpe militar comandado por Alberto Natusch Busch, entre los meses de agosto y noviembre de 1979.

BOLIVIA CONTRA BOLIVIA

El 1º de julio de 1979, el país celebró unas elecciones generales que ganó la Unidad Democrática y Popular (UDP) de Hernán Siles Zuazo, pero de las que la Alianza Movimiento Nacionalista Revolucionario (AMNR) de Víctor Paz Estenssoro sacó más parlamentarios. Este brete provocó un empantanamiento parlamentario que solo pudo resolverse con la elección del presidente del Congreso y eventual aliado de AMNR, Walter Guevara, para asumir la Presidencia de la República de forma interina, hasta el año siguiente en que se organizarían nuevas elecciones.

Romero, que ya para entonces había construido una carrera ejemplar en el periodismo boliviano, fue invitada por Guevara para hacerse cargo de la Secretaría de Prensa e Informaciones del Ejecutivo (despacho con rango ministerial). En principio se mostró reticente a la propuesta, pero la apelación de los gobernantes a su sensibilidad por la reivindicación marítima boliviana (por la que sus colegas la apodaron Anamar) le dobló el brazo. Es que una de sus más importantes misiones como ministra –si no la más importante- sería la organización de la IX Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) en La Paz, en la que se conseguiría un apoyo mayoritario de los 27 países asistentes a favor de la demanda de mar para Bolivia. Sin embargo, ni siquiera hubo tiempo para celebrar la victoria diplomática, que fue opacada por la asonada militar de Natusch Busch, conocida como la “Masacre de Todos Santos” (de ahí el título del libro), una insensata aventura militar que apenas duró 16 días, pero que se saldó con cientos de víctimas. 16 días de sangre y luto, en los que Guevara y, en especial, su gabinete ministerial intentaron mantener sus funciones, coordinando y desplegando acciones de resistencia ante los golpistas.


Mediante la narración de los entretelones del Gobierno de Guevara, del clima de conspiración en los corrillos políticos y en las bases militares, del anunciado golpe y de la resistencia política y ciudadana, Ni todos ni tan santos compone un lúcido retrato del autoboicot al que siempre ha tendido la historia boliviana. Un autosabotaje que en 1979 tuvo uno de sus más nefastos episodios, cuando, al tiempo que se conseguía un triunfo diplomático sin precedentes en favor de la reivindicación marítima, militares y políticos de oposición se aprestaban a asestar un golpe de Estado que, no contento con dejar una sangrienta estela, pondría en tela de juicio la madurez institucional boliviana y la propia imagen internacional del país.

Es la crónica de un gobierno condenado al fracaso, pero también la de un pueblo hastiado de los regímenes de facto avalados por la clase política hegemónica. Sus páginas registran la insidia y la sordidez que aún campeaban en las cúpulas movimientistas, pero también la dignidad y la vocación de resistencia ciudadana. Sin embargo, incluso cerrándose con el juramento de Lidia Gueiler Tejada como presidenta, tras el chasco de la asonada, el libro nos deja con un sabor agridulce, ese tan propio de una victoria pírrica. No ofrece un desenlace satisfactorio, menos aun un final feliz, sino apenas un intervalo de incertidumbre disfrazado de estabilidad. No por nada, las crónicas concluyen con una foto de Gueiler siendo posesionada ante la atenta mirada de Luis García Meza, una imagen escalofriante. Aún restaría un capítulo más de horror antes del retorno de la democracia.

EL PERIODISMO COMO TRINCHERA

Además de la lectura sobre un país condenado a autocomplotarse, Ni todos ni tan santos se presta a otra más, no necesariamente contrapuesta a la primera, pero valiosa por sí misma. Una lectura que reivindica el compromiso del periodismo con la recuperación de la democracia, en un relato que Romero borda desde su propia experiencia de reportera reconvertida en Ministra, pero también desde la de sus colegas que, con su trabajo, contribuyeron a la resistencia popular ante el golpe en las calles.

El libro ensaya un homenaje al periodismo boliviano, y lo hace desde el mismo ejercicio periodístico, desde la crónica, como no podía darse de otra manera en una periodista de vocación. El trabajo de Romero revela sus inobjetables cualidades periodísticas: el amor por el dato exacto, la búsqueda del detalle ilustrativo, la apelación al contexto, la fidelidad con las fuentes, el indispensable acompañamiento gráfico, la indignación ante los desmanes del poder, el compromiso con la voz de los protagonistas del relato… Pero, además, el oficio periodístico se fortalece con un pulso narrativo que alcanza su mejor expresión en los momentos anteriores al golpe de Natusch Busch, relatados con un nervio que configura la tensión, el miedo y la ansiedad previas a la tragedia, incluso en aquel lector que se conoce esa historia y su desenlace.

Así, pues, en momentos en que –mediante la publicación de antologías- se reivindica la vitalidad de la crónica como registro narrativo privilegiado para intentar aprehender la complejidad del país, no debiera pasarse por alto este libro de Anamar, al que habría que reconocerle un lugar de primer orden en la historia de la crónica boliviana y del periodismo boliviano, en general.

Aunque partiendo de su circunstancial experiencia política, Ni todos ni tan santos en una obra que dignifica el ejercicio del periodismo en Bolivia. Y eso se debe no solo a su calidad periodística, sino también a la altura ética e intelectual de su autora. Romero materializa, pues, esa sentencia del maestro Kapuscinski, que, no por manida, ha dejado de ser cierta: que un buen periodista debe, ante todo, ser una buena persona. Y Anamar lo fue.

Narra las experiencias, el estilo de vida y los tormentos de unos reporteros, pero a la vez es un ejercicio de conciencia del oficio periodístico, un testimonio de vida, una reflexión fértil, ingeniosa y de agradable lectura

Cables cruzados: adentro de la máquina de noticias

Una de las facetas menos conocidas de Ana María Romero fue la de autora de ficción. Muy probablemnte, esto se deba a que la exDefensora del Pueblo destacó y fue más prolífica en otros campos. Su propio brillo la opacó. Pocos recuerdan y/o han leído su novela Cables cruzados. Publicada en 2005 por la editorial Gente Común, hoy día, la edición está agotada.

Ana Romero9Con una extensión que apenas pasa las 150 páginas, este breve texto relata las experiencias de un grupo de redactores de una agencia internacional de noticias llamada “Cosmos”. Ambientada en Estados Unidos, más precisamente, en el Washington de fines de la Guerra Fría, Cables cruzados es una novela coral.

A través de varios personajes, se nos invita a pensar sobre el rol del periodista, sobre el mundo contemporáneo, sobre las relaciones humanas. Es una obra sobre los medios y sus actores, sobre el tiempo de la comunicación, sobre gente que informa pero que paradójicamente es incapaz de comunicarse. No es casual que uno de los personajes haga la siguiente afirmación: “Sabemos todo lo que ocurre en el planeta pero nada o casi nada de lo que sucede en ese mundillo en el que trabajamos y vivimos ocho horas al día” (p. 39)*.

En la entrevista que le hicimos a María Soledad Quiroga, nos dijo que Cables cruzados: “Me pareció muy interesante, como fruto de su experiencia en el trabajo periodístico. Ese libro revela que ella, por lo menos en esa época de su vida, era una mujer múltiple, dedicada a muchas actividades, pero que se identificaba profundamente con la labor periodística, pues creía que jugaba un rol fundamental en la construcción democrática. Es una expresión de esa pasión que sentía por el periodismo. Recuerdo que en la presentación de su libro ella decía, en términos bastante modestos, que era un libro que no tenía muchas pretensiones literarias, porque ella no era una escritora y que lo hacía más como periodista. Sin embargo, era una mujer que escribía muy bien y le interesaba, además, una escritura clara, límpida, elegante. Es un texto que está muy bien desarrollado en cuanto a narración”.

La novela está llena de anécdotas interesantes, graciosas y peligrosamente familiares para cualquiera que haya frecuentado una redacción –muchas de ellas fueron narradas por la autora con anterioridad en su libro de columnas País íntimo.

Logra atrapar la cotidianidad de los redactores, por ejemplo: “Buscó un lugar donde instalarse. La computadora del rincón estaba desocupada: ¡Qué buena cosa! Se dirigió allí caminando con naturalidad y lanzó su acostumbrado: ‘Buenos días’, que fue contestado con una especie de eco del que solo quedaba: días, …días, …díassss” (p. 43). Muchos de los personajes que protagonizan las anécdotas son memorables. Entre ellos, Lucía –una seductora argentina que estudió en la London School of Economics-, Raimundo Leroux –el desalmado editor general-, Vicente –un disidente cubano-, Knut Damse –un noruego, atormentado por sus teorías conspirativas- y Norah –la boliviana, experiodista del diario paceño “El Cóndor”, algo así como el alterego de la autora-. Con habilidad, Romero trata cuestiones que abundan en una redacción: las envidias, los miramientos, las vendettas, las complicidades, entre tantas otras.

Cuando se hace un ejercicio crítico de una obra literaria, una de las primeras preguntas que se debe responder es: “¿Cuál es la definición de literatura que propone el texto?”. En Cables cruzados es difícil encontrarla, pues la respuesta que una y otra vez se ensaya es, más bien, la definición de periodismo. Y ahí está lo verdaderamente interesante de la obra. Nos asegura que: “El periodismo es un oficio raro. Lo único que importa es dejar constancia de lo que ocurrió. Y poder hacerlo rápido” (p. 45). En cada página nos recuerda el poder y las responsabilidad que tienen los medios. Pero tampoco deja pasar la oportunidad para criticar a sus colegas: “Cuando los periodistas se ponían cínicos, no había quien los gane. Norah decía que redactar una noticia era como hacer una torta. Se ponía en la pantalla todos los ingredientes, se los mezclaba y se la convertía en suceso” (p. 21). Para rematar asegura que es: “(…) un gremio dado a los análisis y deducciones muchas veces simplistas (…)” (p. 42). Romero ejerce de una suerte de conciencia del oficio. Por tanto, también es muy interesante que reconozca que los periodistas somos: “Apenas un engranaje de la gran maquinaria de la información” (p. 100). Que: “Trabajar en la agencia implica someterse a un régimen disciplinario, a una violencia” (p. 19). Tampoco olvida que hacer periodismo es una auténtica vocación, un verdadero acto apasionado, pues: “(…) Para los periodistas no hay nada comparable al momento en que nace la noticia” (p. 45). Cueste lo que cueste. Pues lo que nos muestra a lo largo de la obra es que los miembros de la redacción están profundamente afectados por el estilo de vida que llevan, casi enajenados. Las noticias que redactan comienzan a contaminar sus más íntimos pensamientos, su personalidad, sus preocupaciones, su forma de ver el mundo. Irremediablemente, terminan siendo sujetos paranoicos, hipersensibles, neuróticos y susceptibles. Los atormenta un destino amenazador: terminar en un hospital psiquiátrico (cf. p. 45).

Pero, no se limita a eso. La novela reflexiona sobre un montón de cuestiones. Romero aprovecha para hacer una especie de elogio al estilo de vida latinoamericano, menos estrepitoso y estresante que el de occidente, con espacio para el ocio, la calma, para el “almorzar como Dios manda”, para el “ir al café a charlar con los amigos” (p. 16).

Define a la Guerra Fría como un momento en el que dos potencias se debatían para controlar las mentes de las personas: “Unos las querían comunistas con una negación total de la personalidad individual y los otros las querías consumistas e individualistas a rajatabla” (20). Ensaya su crítica al capitalismo: “(…) los bancos son los dueños de todo, los verdaderos dueños del dinero y del mundo” (96). Hace muchas guiños a la cultura popular desde Scarface a Gabriel García Márquez, pasando por Rocío Jurado y Julio Iglesias. Entre otras cosas.

Los defectos de la novela radican en la abundancia de lugares comunes y en el abultado número de personajes no demasiado desarrollados (lo que hace que la lectura sea un poco difícil, no se nos da tiempo a familiarizarnos demasiado con los protagonistas de la narración y termina siendo confusa). Lejos de ser una obra maestra de la literatura universal o nacional, este es un notable testimonio de vida, una reflexión fértil, ingeniosamente narrada y de agradable lectura.

Como lo señala Quiroga, para Romero la escritura era una cuestión fundamental. No por nada incursiona en la ficción después de haber escrito tanta y tan reputada no-ficción. En su búsqueda ética también había una búsqueda formal. No sólo le importó lo que decía sino también el cómo lo cómo lo decía. Cables cruzados es una muestra de ello.

En 2002 plural ediciones compiló los textos que anamar publicó entre 1996 y 1998 en su columna “entreteclas” del diario la razón. Es un valioso testimonio de una época relevante en la historia de bolivia

La cronista de la Bolivia del Siglo XX, un País íntimo

No se puede olvidar que en Latinoamérica, para bien y para mal, el periodismo ha jugado y juega un rol fundamental en la construcción de identidades y corrientes de pensamiento.

Ana Romero10Desde los ilustrados latinoamericanos del siglo XVII hasta los movimientos sociales e indígenas actuales, el género periodístico ha sido una herramienta poderosa e irremplazable para los proyectos políticos y sociales. Basta pensar en gente como Leopoldo Zea, José Carlos Mariátegui, Enrique Dussel, René Zabaleta Mercado, Clarice Lispector, Osvaldo Soriano, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh o en ese gigante llamado Franz Tamayo, para confirmar la importancia que tiene un texto publicado en las páginas de un diario, una columna de opinión o un artículo aparentemente inofensivo. No podemos pensar en nuestra historia sin el llamado Cuarto poder.
FIGURA  DEL PERIODISMO

Una de las indiscutibles figuras históricas del periodismo en Bolivia es Ana María Romero, su hoja de vida está marcada a fuego por el oficio que amó, defendió, criticó y practicó, con lucidez, responsabilidad y consecuencia. Ya Carlos Mesa Gisbert describió ampliamente el trabajo de Anamar cuando era directora del diario “Presencia” (página 3 y 4 de este informe).

En palabras de María Soledad Quiroga: “Creo que desde el periodismo, desde su labor como directora de Presencia y en otros espacios, hizo una tarea y una contribución que fue muy significativa para la construcción democrática en Bolivia, después de la época de las dictaduras.

Su trabajo fue reconocido como un periodismo de calidad. No solamente militante de los derechos humanos, del apego a la defensa de la democracia, de los intereses populares, era un periodismo de calidad. Eso es algo que hay que destacar y reconocer”.

En “Presencia”, Ana María hizo historia. Pero cuando llegó verdaderamente al corazón de los lectores, cuando entró en nuestras casas y se convirtió en un elemento irremplazable, fue cuando se desempeñó como columnista. Dejó de ser una mera personalidad, dejó de ser Ana María Romero, para convertirse en, la más próxima y familiar, AnaMar.

ENTRETECLAS

En 2002, Plural editores, publicó una selección de algunos de los textos que salieron entre mayo de 1996 y marzo de 1998 en la columna “Entreteclas” del diario La Razón, los mismos que Romero firmó con el seudónimo que la identifica hasta ahora.


Titulado País íntimo el volumen es una suerte de antología de autor que nos permite conocer mejor la obra de Romero. Ante todo es un valioso testimonio de una época de gran relevancia para Bolivia, es una herramienta interesante para entender el panorama político de fines de los años 90. En el texto apunta: “Amo al periodismo por haberme permitido ser testigo privilegiada de la historia y darme la posibilidad de acompañar el camino de un pueblo que, pese a enfrentar todo tipo de vicisitudes, va construyéndose un mejor destino. Mas debo confesar que nunca esperé que esa posibilidad de servir, de conocer y de amar –que considero un regalo de Dios- pudiera constituir un mérito” (p. 72)*.

País íntimo es la confirmación de que Anamar tenía una verdadera vocación, escribió: “¡La sala de redacción de un diario! ¿Hay acaso algún lugar que se le iguale en tensión y suspenso? No lo creo. No hay nada comparable al momento en que nace la noticia. Aquél en el que varios periodistas teclean al unísono su cuota de historia de la jornada. Esa que al día siguiente será una novedad y al otro día dejará de serlo.


La compenetración entre un periodista y su teclado es total, éste es una extensión de su cerebro. El periodista acaricia a las teclas, las apura, les da un pequeño respiro, escribe, piensa; piensa escribe. Ambos elaboran ese bien intangible que miles de personas tendrán, horas después, en sus manos. Que lo leerán con avidez o quizás lo ignoren, que podrá ser recortado e incluso fotocopiado. Lo que importa es dejar constancia de que ocurrió y poder hacerlo rápido” (p.10).

DEL LADO DEL PUEBLO

No es hacerle justicia a la obra de Romero sobredimensionarla. No es un tratado filosófico, ni una joya de la literatura de no-ficción, pero es íntima, desenfadada, inteligente, oportuna, consecuente y, lo más importante, siempre está del lado del pueblo. Lo que hace pensar que ese rótulo de “Defensora” se lo había ganado sin necesidad de tener un cargo.


País íntimo está compuesto por cerca de 80 textos breves, ordenados en seis secciones (“Sociedad”, “Semblanzas”, “Economía y política”, “Fin de siglo”, “Cultura y Ecología” y “El mar nuestro”). Varios de ellos están muy relacionados con la coyuntura en la que fueron escritos, sirven como una especie de cápsula de tiempo. Pero los textos que tienen más relevancia e interés son los que no tienen fecha de expiración, que tratan temas que siguen siendo actuales, como la migración, el desarrollo del oriente boliviano, la pobreza, el tema de la coca, la corrupción, la explotación y las injusticias.

Carlos Mesa nos dice: “Creo que la política siempre fue un elemento de interés para ella, el análisis y el seguimiento de temas de actualidad”. Eso se deja ver. A lo largo del libro, Romero reflexiona sobre cuestiones que fueron importantes en su vida.

Su visión del mundo está forjada por su trabajo en Presencia, en la radio Fides y en las agencias de noticias DPA, UPI, nos guía a través de variados tema y ensaya lecturas de personajes como Carlos Palenque o Gualberto Villarroel. También da paso a la emotividad cuando recuerda, en sentidas semblanzas, a Marcelo Quiroga Santa Cruz o al Dr. Huáscar Cajías.

DECEPCION

Si hay un tema que es una constante, es el de Gonzalo Sánchez de Lozada y su primer mandato. Como documento histórico, es muy interesante leer cómo una mujer culta y lúcida, que en un principio consideró a Goni un gran demócrata, comenzó a decepcionarse y a descubrir la degradación de su partido, su insalvable corrupción.

Preocupada por el rol de la mujer, la igualdad, el futuro del país. Escribiendo desde su inamovible posición ética, desde su catolicismo férreo, desde lo que consideraba más justo.

En la mencionada semblanza escrita sobre Marcelo Quiroga Santa Cruz, Anamar se pregunta: “¿Qué haría ahora?”.

Vale la pena preguntarse lo mismo sobre ella. ¿Qué haría ahora Anamar? Quizás ya habría renunciado al Senado o tal vez estaría feliz de haber logrado algunos consensos. Lo cierto es que, de diferentes formas, seguiría escribiendo:

“Ocúpense de los excluidos si quieren una sociedad con menos violencia. ¡No hay tiempo que perder, señores políticos!” (p. 32).