"El problema no es el clima, sino el sistema"


Masiva marcha de protesta en Dinamarca

José Castillo, economista

Revista "El socialista" y miembro de "Economistas De Izquierda - EDI" - Bs. Aires

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La Cumbre climática de Copenhague, que comenzó el pasado 7 y se extenderá hasta el 18 del corriente, va camino a seguir los pasos de su antecedente en la anterior Cumbre de Kyoto de 1997. Lo que hace unos años atrás hubiera parecido el comienzo de una película de ciencia ficción, hoy es una realidad: se realizará la “Convención de las Naciones Unidas sobre el cambio climático” para discutir cómo evitar que la temperatura del planeta aumente en dos grados hacia fin de siglo, llegando a poner en riesgo la vida del ser humano sobre la tierra. Los objetivos que se deben alcanzar ya están científicamente demostrados: hay que reducir en un 50% las emisiones de dióxido de carbono -también llamados “ gases de efecto invernadero”-, antes de 2050 (y entre un 25-40% antes de 2020), si no se quiere llegar a una catástrofe con consecuencias impredecibles (descongelamiento de los polos y elevación del nivel de los océanos, inundaciones que harán desaparecer poblaciones enteras, desertificación de regiones enteras, crisis alimentaria, crecimiento de enfermedades tropicales, por citar sólo algunas). La otra gran cuestión es cuánto dinero es necesario invertir para reconvertir la industria a nuevas tecnologías no contaminantes y luchar contra las consecuencias ya existentes del calentamiento global. Acá también los expertos se han pronunciado: se necesitarán 240.000 millones de dólares anuales de acá hasta el 2030.

Muchas palabras, ninguna obligación

Como vemos, no se trata de grandes debates “científicos” sobre el futuro climático del planeta. Aunque las grandes transnacionales han hecho correr una corriente “pseudo-científica” que busca negar la gravedad de la crisis ambiental, prácticamente no hay estudio serio en el mundo que no la reconozca. Lo concreto, entonces, es qué resolución tomarán las grandes potencias ante estas realidades. Ciertamente, poco se puede esperar. Habrá declaraciones altisonantes, algún documento lleno de generalidades tan obvias que nadie puede estar en contra y luego, “en lo concreto”, casi nada. Se firmará, como mucho, un acuerdo sobre metas para reducir la contaminación que serán absolutamente insuficientes para evitar el desastre ambiental de las próximas décadas. Pero lo más grave es que el principal contaminador del planeta, Estados Unidos, ni siquiera se comprometerá a esas reducciones mínimas (como sucedió con el Tratado de Kyoto, nunca firmado por los yanquis), aunque no se privará de “exigir” a los países del Tercer Mundo que fijen metas ambientales bajo pena de “sanciones” comerciales o diplomáticas.
Para la prensa, Estados Unidos y la Unión Europea hacen promesas tras promesas, cada una más demagógica que la otra. Prometen reducir “drásticamente” sus emisiones de gases. Los yanquis hablan de reducir un 17% con respecto a los niveles de 2005, pero si la oferta tomara como nivel 1990, que es lo que establece Kyoto, la baja sería sólo del 4%. Y aún eso tiene que pasar por una muy improbable aprobación en el Congreso de los Estados Unidos. La Unión Europea, por su parte, se compromete a reducirlos en un 20%, pero aclaró inmediatamente que ello sólo será posible si Estados Unidos aumenta su compromiso de reducción. Como se ve, todos se comprometen “si el otro también lo hace”. Y China, que entra en el debate porque a su triste rol de gran país dictatorial superexplotador de mano de obra, ahora le suma el de haberse convertido en el segundo contaminador del planeta, sólo se compromete a reducir la “intensidad calórica por unidad de PBI” en sus emisiones, algo mucho menor a las reales. Cualquier acuerdo que no incluya una reducción seria de la contaminación de estos tres actores, que son los responsables de más del 50% de la emisión de gases del planeta, no será más que una burla para los miles de millones de trabajadores y sectores populares que se verán afectados en el futuro próximo.
Mientras tanto, Obama, quien viene de realizar el acto vergonzoso de defender la guerra imperialista en el mismísimo acto en que recibía el Premio Nobel de la Paz, demuestra que lo suyo en materia ecológica también es pura demagogia: propuso un aporte de los países imperialistas de apenas 10.000 millones de dólares anuales. Los europeos se sumaron al sainete: anunciaron que destinarán 10,6 mil millones de dólares para que los países pobres mitiguen las consecuencias del cambio climático, pero después resultó que la mayoría de esos fondos son los que ya la Unión Europea tiene asignados para préstamos a países en desarrollo.


No hay solución ambiental en el marco del capitalismo

Es evidente que ninguna política ambiental seria puede salir de esta cumbre. Se podrá firmar finalmente un documento común, o, ni siquiera eso. Habrá que esperar el final. Lo que resulta superclaro es que, en todos los casos, lo que está detrás son los intereses económicos de los pulpos transnacionales. Muchos juegan a que no se cambie la matriz energética actual y lucrar con un petróleo que puede ascender hasta 200 dólares o más el barril. Otros, ya “ven” los nuevos negocios del biocombustibles -quemando bosques, y reemplazando cultivos de alimentos, haciendo así subir su precio-. Y no falta quien vea un gran negocio financiero para especuladores, a través de la emisión de bonos “verdes” que autoricen niveles máximos de contaminación y se “coticen” en los mercados mundiales.

El capitalismo imperialista está llevando a la humanidad a la debacle. A los más de 1.000 millones de habitantes que sufren hambre (un 16% de la población mundial), se le suma ahora una catástrofe ecológica de consecuencias impredecibles. En el mundo, millones de trabajadores, campesinos, pueblos originarios y otros sectores populares, particularmente los jóvenes que se preguntan sobre su futuro en las próximas décadas, dirigen con toda justicia su atención hacia los problemas ecológicos. Los socialistas, que hacemos nuestras todas y cada una de las reivindicaciones ambientalistas, denunciamos a las transnacionales y sus gobiernos como responsables y decimos que no habrá salida mientras no se las expropie y gobiernen los trabajadores, porque un mundo donde se cuide y no se destruya el planeta, nuestra “casa común”, sólo será posible en una sociedad socialista.