Reflexiones de navidad

  • Escuche un cuento de Gregorio Iriarte titulado "Papanoel y la sociedad de consumo"

{play}/audio/PAPANOEL_GREGORIOIRIARTE.mp3{/play} 26 de noviembre de 2010/ "Papanoel y la Sociedad de consumo". Cuento de Gregorio Iriarte. (5 minutos)


Nochebuena

Eduardo Galeano

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

galeanoHizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Decile a... -susurró el niño-

Decile a alguien, que yo estoy aquí.



Estas Navidades siniestras

Gabriel García Marquez

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a estas_navidades_siniestras200voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que losjuguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad denieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de losjuguetes. y hace poco más de cien anos pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducídos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

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papanoel_cocacola

En el Occidente cristiano actual la Navidad es, sin lugar a dudas, la fiesta con mayor fuerza, con mayor importancia.


Originalmente festividad religiosa, en el transcurso del siglo XX fue perdiendo ese carácter para terminar convirtiéndose en una gran campaña pro-consumo, manejada con las más sofisticadas técnicas de mercadeo. Para casi todos los rubros comerciales es la época del año donde más se vende; y en algunos sectores, las ventas se disparan en forma exponencial balanceando los once meses anteriores.

La religiosidad de la celebración ha ido desapareciendo. Por cerca de dos milenios fue sólo la fecha que evocaba el nacimiento del predicador de origen judío llamado Jesús, oriundo del poblado de Nazareth, líder popular que generó un movimiento contestatario para el Imperio Romano que le valió su ajusticiamiento según los métodos de aquella época (en una cruz y por asfixia) y la posterior persecución de sus seguidores (arrojados a los leones hambrientos en el Coliseo de Roma). En realidad, toda la reconstrucción histórica nos muestra hoy día que su endiosamiento (1) como gozne de la nueva religión que pasaría a ser la expresión espiritual oficial del Imperium fue una calculada maniobra política (lo cual hace pensar, quizá dándoles la razón, en lo que dijeron profundos críticos de la realidad como Voltaire: “La religión existe desde que el primer hipócrita encontró al primer imbécil”, o Giordano Bruno: “Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”). El mecanismo creado por el emperador Constantino finalmente terminaría sobreviviendo al mismo Imperio, y sería el centro de la vida europea por espacio de diez siglos. El Cristianismo pasaría a ser “el” poder de Occidente, europeo en principio, luego transportado a América.

Toda la religiosidad de la Natividad dio como resultado una rica y variada producción artística (2) que la recrea, transmite y perpetúa. En música, también.

El “villancico” es la típica producción musical popular que evoca la religiosidad de la fecha, es decir: el nacimiento de Jesús en Belén, en un humilde establo, como hijo de un modesto trabajador llamado José y de su esposa, María, a través del “milagro” de una concepción no carnal. Como indica su propio nombre, es la canción de villa, la que servía para registrar la vida cotidiana de los pueblos. En sus inicios fue una forma poética popular, un canto rústico de villanos o aldeanos en sus fiestas, con estructura musical sencilla, usado como registro de los principales hechos de una comarca. Según algunos historiadores el villancico surgió hacia el siglo XIII, siendo difundido en España en los siglos XV y XVI, y de allí pasando a Latinoamérica para el siglo XVII.

A lo largo de su historia, el villancico ha sufrido muchas transformaciones, hasta que en el siglo XIX su nombre ha quedado fijado exclusivamente para aludir a los cantos que se refieren al misterio de la Navidad con todos sus personajes conexos: el niño Jesús, la Virgen María y San José, los Reyes Magos (se dice que Baltasar, de morena piel, era quien cargaba los regalos…, y los otros dos –Gaspar y Melchor, blancos– daban las órdenes), los pastores, el pesebre, etc.

Presentamos aquí tres de los más conocidos: dos en español y uno en inglés, el que ha devenido en muy buena medida una de las principales canciones “oficiales” de la fiesta consumista de la Navidad del siglo XX, y que no da miras de frenarse en el presente siglo XXI, más ligada al nuevo personaje de Papá Noel (también llamado Santa Claus, o San Nicolás, o Viejito Pascuero en Chile, “casualmente” ataviado con los colores rojo y blanco de la Coca-Cola) y a la invitación al consumo irrefrenado, que a la tradición cristiana de Jesús, con su carácter más moderado y ascético.

(de ARGENPRESS CULTURAL)