José Luis Gareca A.



La presencia de un presidente indígena, remueve las fibras más íntimas del colonialismo interno, pero a pesar de las movilizaciones reaccionarias, a partir de la presencia de Evo Morales en la presidencia, Bolivia nunca más será la misma.

Más allá de la pugna política e ideológica contemporánea, hoy el tema del racismo resurge con fuerza como si hubiéramos retrocedido a tiempos de la “Santa Inquisición”.

Parece que Sepúlveda se ha reencarnado en los grupos de poder de Bolivia y como Torquemada (inquisidor del Tribunal del Santo Oficio) sentencia a los más humildes por rebelarse en contra del orden neoliberal establecido.

Es el racismo, como ideología negadora del Proceso de Cambio, que -a partir de la exclusión y segregación- concluye con actos xenofóbicos como los de Cochabamba y Sucre.

Urge reflexionar sobre el tema, ya que todo silencio es cómplice y la indignación tiene que traducirse en hechos concretos para evitar que este tema se profundice y terminemos peleando en una burbuja racista, cuando en realidad el problema de fondo es que existen intereses ocultos que quieren vernos peleados por todo y por nada, mejor si es por problemas interétnicos y religiosos para que, sobre un contexto de atomización, continúe -más que el flagelo del racismo- el flagelo del saqueo de nuestros recursos.

Corresponde denunciar y señalar que los grupos de poder en Bolivia y sus operadores (todo su aparato ideológico) utilizan el racismo como un instrumento para truncar el Proceso de Cambio y restaurar el neoliberalismo pleno para proteger sus intereses.

Existen muchas preguntas que rondan en las familias bolivianas y que requieren de una profunda reflexión:
 
Qué pasó realmente en Cochabamba, qué hubo detrás de esos lamentables enfrentamientos entre “ciudadanos” e “indígenas”, habiendo causado la muerte de  2 campesinos de la región del Trópico y de un joven de la ciudad, – aparte de los más de 450 heridos -según informan organizaciones de Derechos Humanos.