Reflexiones en torno al caso de la niña Abigail

casoabigailTras el cruel asesinato de la niña de siete años Abigail por su propio padre y su madrastra, reflexionamos en el programa sobre el maltrato infantil y la violencia naturalizada de nuestra sociedad. Al respecto difundimos dos artículos de profunda reflexión.

Radio Somos Sur

  (11 de diciembre, 17 minutos)

ABIGAÍL: LOS NIÑOS QUE NACEN SIN SUERTE

Alon Oel

Claudia Fernández, la fina esposa del Vicepresidente del Estado Plurinacional, accedió a una entrevista exclusiva con la Red Uno, donde también trabaja como periodista, para anunciar que va a ser mamá de una nena. “Sera una niña con suerte”, dijo Fernández, configurando de esta manera el futuro de seguridad que le espera a su bebé por nacer. Sus colegas se deshicieron en regalos y pleitesías para con la esposa del hombre más poderoso del país después de Evo. Nada ilustra mejor la visión burguesa de lo que es nacer y ser niño o niña en los años del Proceso de Cambio: hay que tener suerte. Algo así como aceptar que Dios juegue a la ruleta rusa. El presente y el futuro de los millones de infantes nacidos y por nacer en la pobreza y la inseguridad, nada tienen que ver con el Estado Plurinacional. No es problema del gobierno. Es una cuestión de suerte, que se entienda.

alvaroclaudiaEsa noche, mientras Claudia mostraba ante las cámaras el vestidito y las zapatillas para bebé que le regalaban, Abigail Choque Mamani, de siete años de edad, llevaba más de 48 horas luchando por su vida en el Hospital de Niños de La Paz. Llegó allí casi muerta, el 1 de diciembre, después de soportar sendas y brutales palizas con las cuales su padre y su madrastra lograban sacarse toda la furia contenida en sus entrañas, furia que sólo unas ignominiosas miseria y pobreza pueden generar en el corazón de los hombres y, para desencanto de las feministas, de las mujeres también. Abigaíl, su hermana gemela y un hermano menor, son unas victimas más de la degradación generalizada en los estratos más paupérrimos de la sociedad boliviana, que los pingues subsidios y bonos no han frenado siquiera. Según unos imbéciles postmodernistas, somos la reserva moral del mundo “mundial”, por encarnar una “Revolución Cultural” de poncho y pollera, con un Satélite de funcionalidad cuestionada y computadoras “Quipus” que terminan en la basura o que sólo sirven para que los estudiantes descarguen porno. El caso de Abigaíl nos indica que la única reserva que tenemos es de miseria y brutalidad.

Abigaíl entró al hospital herida de muerte. Nunca más salió con vida. Fallecería en la madrugada del 7 de diciembre. Su situación de abandono y vulnerabilidad se reflejó crudamente en su velatorio y funeral. La policía prestó una de sus dependencias para darle el último adiós. No tenía casa, no tenía hogar. Ningún familiar cargó su blanco féretro, a excepción del tío que la llevó agonizante al hospital. Ella no tuvo suerte, según el miserable razonamiento burgués.

Y ahora hablemos de la “suerte”. Abigaíl no pertenecía a esa nueva casta gorda y bien vestida de cholos ricos, que se ha propagado a la sombra del culto al Caudillo. No vivía en Zona Sur de La Paz y su familia no podía costearse el lujo de una cisterna exclusiva que les dote de agua limpia en un tanque. No era hija de las modelos y periodistas blancoides que han servido para tender los puentes que el MAS ha cruzado para ser aceptado y bienvenido en los círculos empresariales y distinguidos que hasta ayer lo despreciaban y que ahora le rinden pleitesías y hasta les prestan sus canales de tv para que hablen. El papá, la madre y la madrastra de Abigaíl no eran de esos “originarios oprimidos por 500 años”, que pertenecen al MAS, y que por semejante “antecedente histórico” han venido a bien creerse con derecho a hacerse ricos a costa del Estado. Ella no conoció el “vivir bien” y sus padres tampoco. Es seguro que detrás de sus asesinos, el padre o la madrastra; y de su propia madre que no la criaba, hay historias con una vorágine común de violencia, pobreza y degradación.

Abigaíl no tenía una mamá periodista y educada. No tuvo “suerte” desde el inicio, digamos otra vez. Su madre biológica es una de los miles de personas que emigran a Perú o Chile buscando trabajo, expulsadas por la “economía blindada”. Su egoísmo, esa configuración cognitiva y afectiva que los cristianos le achacan a las almas que no “abrazan a Cristo”, fue indudablemente incubado en las carencias más inhumanas que sus hijos terminaron heredando. Fueron las desastrosas condiciones materiales y culturales de vida de dos generaciones familiares, las que han terminado montando esta tragedia. Años de incultura y pobreza no pasan sin marcar a la gente.

Volviendo a la mamá de Abigaíl, parece ser que su falta de perspectiva le llevó a creer que “destruir la familia para salvar la familia” era lo correcto. Dejó que el violento padre de Abigaíl, que no quería pasarle pensión, le amedrente impunemente y le quite la custodia de ella y sus hermanos. Por miedo o por comodidad, dio media vuelta y se marchó en busca de otro futuro en otro país. Era más fácil esto que recurrir a una engorrosa justicia. Seguramente se consoló con que ahorraría algo para luego buscar a sus hijos. Todo lo anterior nos indica que son las condiciones materiales de pobreza y atraso, que el “Proceso de Cambio” no ha tocado, las que están provocando todas estas desgracias. La “suerte” y un Cristo falto de abrazos de oso no tienen nada que ver. Creer en esto es solo estupidez, ignorancia y cobardía intelectual.

La tragedia ahora se cierne sobre la memoria de Abigaíl. Su madre biológica esta presa, acusada por infanticidio por omisión, por haberse resignado a no enfrentar al padre, dejar a sus hijos y largarse. El papá se debate en estos momentos entre la vida y la muerte, tras ser agredido en la cárcel por miserables y violentos igual que él. Toda una vorágine imparable de catástrofes humanas. No puede haber mejor retrato del disparate de la “Revolución Cultural” cuando la barbarie no deja de profundizarse y el nivel de vida y la salud mental del grueso de los bolivianos no deja de deteriorarse.

Enterado del deceso de Abigaíl, Álvaro García Linera dijo en una entrevista a “Cadena A” que: “hay que cambiar de mentalidad y que los medios deben ayudar”. He ahí al Vicepresidente, hablando como lo haría cualquier inculto común que ha visto más telenovelas que leido libros, aludiendo a la “mentalidad” y no a la compleja trama de condiciones materiales de existencia e incultura. ¡Hablando como si no fuese un hombre de Estado! El Licenciado matemático no fue capaz de dar cifras sobre la tragedia social de violencia contra los niños en el país, ni mencionó ninguna respuesta en marcha por parte del Estado que no sea la conocida represión y castigo. Por eso la mamá de Abigaíl esta presa sin más ahora, en un acto de ilógica barbarie efectuado por parte de un Estado represor y nada previsor. Alvarito no pudo, no puede hacer más porque lo otro es reconocer ante todos que el “Proceso” se hunde en el fracaso social más infame, que nada ha cambiado salvo la suerte de algunos como él, que de guerrillero mal vestido y dizque marxista ha terminado conformando con su esposa “la pareja más mediática y elegante del momento”; participando en noches de galas con los empresarios.

Abigaíl descansa en la fría oscuridad dantesca de un nicho prestado. No tuvo nada en su vida. No tiene nada ahora, en la muerte misma. Su cuerpo empieza a corromperse, a quedarse solo como todos los muertos. Lejos de allí, en una cómoda, amplia y limpia casita de la Zona Sur de La Paz; una habitación comienza a ser decorada delicadamente y a llenarse con juguetes y regalos de amigos influyentes y poderosos. Es el cuarto de la hija del Vicepresidente. Una niña “con suerte”.


DESDE LA ACERA DE ENFRENTE

LA MADRE ES CULPABLE

Maria Galindo

Sin duda alguna, la madre de Abigail es culpable hasta que no pueda demostrar lo contrario, como lo son todas las madres bolivianas, sospechosas de antemano de ser malas madres y haber descuidado su labor de madres.

Es culpable de que el padre se la haya quitado por no pagar la asistencia familiar, como lo son las cientos de madres que atraviesan el mismo infierno. Todas las madres son culpables del destino de sus wawas y no así los padres.

Las defensorías de la niñez y adolescencia que suelen respaldar al padre son inocentes y están haciendo un gran trabajo. Un trabajo que les permite culpabilizar a las madres y quitarles los niños cuando la madre está en prostitución, cuando la madre es pobre y no puede sostener a sus wawas, cuando la madre tiene un enamorado y, por ello, descuida a las wawas. Tantos motivos para que la Defensoría las declare malas madres y avale que les quiten a sus wawas, incluso para entregar esas wawas a las abuelas o a las madrastras, porque los padres en sí no quieren criar; quieren usar a las wawas para chantajear a la madre o ahorrarse las pensiones familiares.

No hay padres presos en la cárcel porque el que un padre abandone a sus wawas, se niegue a mantenerlas, las abandone con la excusa de no tener con qué sostenerlas y tenga otras wawas en una segunda, y tercera mujer no es un delito, es un privilegio masculino que el Estado aplaude.

Al padre no se le practican pruebas psicológicas para incriminarle de mal padre; es a la madre a la que se lo hace.

madreEs culpable la madre de formar una familia como le llaman en las defensorías "disfuncional”, porque según ellos es disfuncional separarse de un hombre violento porque eso afecta el orden familiar.

Es culpable la madre de Abigail de que el padre se las haya arrebatado del colegio, ella es culpable de que el colegio le haya entregado la wawa al padre, no así el director ni la profesora o el profesor; ellos son inocentes porque sólo estaban haciendo respetar los sacrosantos privilegios del padre. Y, además, los profesores de primaria tienen que ocuparse de lenguaje o matemáticas y no del infierno afectivo de sus alumnitas. Si la wawa sufre violencia, porque Abigail ha tenido que haber sufrido violencia muchas veces, el profe ni se entera porque ése no es su trabajo.

Es culpable la madre de Abigail de ser mala madre, porque el mal padre no existe.

Es culpable la madre de Abigail de haberse separado de un hombre violento, quizás si no lo hubiera hecho la muerta sería ella y no su hijita. También por eso es culpable, en lugar de llorar un infanticidio deberíamos estar llorando un feminicidio. La muerta debería ser la madre y no la hija, como en tantos casos en que las wawas quedan huérfanas, fruto de feminicidios. Wawas que no se nombran y que muchas veces quedan en poder del padre, por muy increíble que parezca.

La Defensoría de la Niñez y Adolescencia hace bien en desplegar su trabajo para condenar a la madre porque seguramente no tienen nada mejor que hacer. Hay que escarmentar a esas madres que rompen con hombres violentos. Seguramente las defensorías pueden asegurar que las wawas estarán mejor en los hogares de acogida que con sus madres, que allí no sufrirán violencia ni hambre, que no sufrirán violaciones ni falta de cariño. Lo del bebé Alexander fue un simple accidente.

Hace bien el Código de Familia en exigir a las madres los derechos de los padres; aunque los padres sean violentos no pierden jamás sus derechos, mucho más si llegan a pagar la millonaria asistencia familiar fijada en 350 bolivianos. Los padres podrán aparecer en Navidades con una pelota y desordenar el mundo afectivo de los niños. Los padres podrán desaparecer si les conviene. Los padres podrán sacar a los niños y difamar a las madres o podrán visitar a los niños haciendo actos de violencia o usarlos como chantaje. Los padres podrán amenazar legalmente a las madres que quieren separarse de los hombres violentos con quitarles a sus hijos e hijas, cualquier juez los entenderá y los respaldará.

Un proceso de violencia, según la Ley 348, no incluye resolver la tenencia de las wawas, ése es otro proceso que nada tiene que ver con el anterior, ésa ha sido la genialidad de mujeres sin alma como Gabriela Montaño, que se olvidaron de las niñas como Abigail a la hora de dictar la ley. Pero no se preocupen las diputadas, la madre es la culpable y está, para tranquilidad social, en la cárcel.